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Capítulo 54 «Una cuestión de perspectiva»


El sonido del elevador al llegar a último nivel del edificio la hizo despertar de su ensimismamiento, donde la mayoría de pensamientos ―o más bien, el único― trataba sobre Tom y su inoportuna presencia en el restaurante con Ambreal Trentini, la noche anterior. Ahora se dirigía a su oficina, en espera del café de Boyd ―siempre infalible―, al igual que la retahíla matutina por parte de Dirk.

Después de saludar a sus compañeros de trabajo, se adentró a su oficina y se acomodó en su escritorio, enciendo la computadora que tenía frente a ella. No pasaron muchos minutos, cuando Boyd se adentró sin siquiera tocar la puerta. Puso el café sobre el escritorio y se sentó sobre la silla frente a Harlem.

Cuando la rubia dirigió su mirada a él, le brillaban los ojos de malicia pura. Harlem le miró extrañada.

―¿Por qué me ves así? ―preguntó, sintiéndose repentinamente acosada.

―Oh, tú deberías saberlo ―El tono que empleó en su oración fue un tanto pícaro, mientras con el rostro formaba una sonrisa de lo más traviesa posible escondida tras su taza de café.

―Sabes que no me gusta jugar a adivinar ―dijo Harlem―, así que habla de una vez.

―Bien, bien. ¿Por qué me mentiste sobre el chico de la escena del crimen? Es decir, sé que te incomodé con mi comentario, pero no fue mi intención. Se supone que soy tu mejor amigo, ¿no? Debiste habérmelo dicho, no puedo creerlo, me escondiste haberte revolcado con el tío más bueno que he visto en mi vida.

―¿Qué? ―atinó a decir, complemente desconcertada.

―¡Agh! ¡Te vi con él anoche! Resultó ser que fuimos al mismo restaurante a cenar. Claro, yo llegué cuanto tú ya te ibas.

―¿Tom? ¿Te refieres a Tom? ―preguntó exaltada.

―¿Así se llama? Vaya bombón, y sí, a menos que hayas salidos con dos chicos ayer por la noche, entonces sí, me refiero a él.

―¡Yo no salí con él! ¿¡Estás bromeando!?

―Oh, querida…te vi con mis propios ojos ―dijo señalándose el rostro―. Llevabas un vestido precioso, por cierto.

Harlem solo pudo llevarse la mano al rostro, apoyando el codo en el escritorio. No tenía cabeza para explicar o tratar de inventar una excusa para ello. No quería ser relacionada con Tom, de ninguna manera, porque sería demasiado peligroso, pero los segundos pasaron tan lento que sintió el tiempo se detuvo, Boyd seguía con los ojos clavados en ella en busca de una explicación, y necesitaba una rápido.

―Bien, sí salí con él ―mintió, con un bufido, mientras la veía dar un aplauso al aire―. Pero no fue nada serio, él es… simplemente no es mi tipo.

―Ah, eso es completamente ridículo. ¿No le has visto?

―Sí, sí, sé lo atractivo que es, pero ya te dije que no puedo tener nada serio con él.

―Entonces, sí te gusta, ¿pero no puedes arruinar ese estúpido código de chicas?

Harlem solo sonrió, sin poder evitarlo.

―Será mejor que hablemos de otra cosa.

―Bien, dejaré de fastidiarte. Pero nunca te perdonaré que no me hubieses dicho que ibas a salir con él.

―Ah, claro, ¿como tú me dijiste con quién saliste ayer?

―Eso es diferente ―objetó Boyd―. Eso involucraba a alguien más…

―Sí, bueno, mi cita también involucraba a alguien más…

Boyd rodó los ojos.

―Dime algo ―añadió después―, ¿ese chico salió contigo a pesar de que creyó que yo era tu novio?

Harlem obvió ese pequeño detalle. Se mordió los labios y fingió mirar la pantalla de su computadora.

―Oh, sí, yo…le dije la verdad. Ya sabes, que no estamos saliendo.

―¿Le dijiste que soy gay?

―No vi la necesidad.

―Oh, ¿podrías decirle la próxima vez que lo veas?

―¿Por qué habría de hacerlo? ―preguntó ella, extrañada.

―Oh, ya sabes. Nunca se sabe que puede suceder… ―Boyd guiñó un ojo. Harlem en cambio, se carcajeó.

―Pierdes tu tiempo, ya te dije que solo gusta de las chicas.

Boyd hizo un mohín de superioridad, y agregó ante el comentario:

―Da lo mismo, Cole tiene un mejor trasero.

Harlem por poco se atragantó con su café, y Boyd, al reparar en el error que había cometido, solo atinó a abrir sus ojos lo más que pudo. Harlem tragó con rapidez y dijo a voz de grito:

―¿¡Cole!? ¿¡Cole Keppler!?

―¡No grites! ―pidió irritado Boyd, quien miró hacia afuera para asegurarse de que nadie había escuchado.

―Oh por dios, ¿Cole el detective?

―Sí, joder, ¿Cuántos Cole hay en el departamento?

―Es que…no sé, se ve tan… no homosexual.

Boyd arqueó una ceja.

―Está teniendo un tiempo difícil descifrando su orientación sexual, por eso no debía decir nada. Pero para mí está muy claro que le gustan…ya sabes, las pijas.

Harlem se echó una risa, y después de darle otro sorbo a su café.

―Bien, pues…es un chico bueno, Boyd. No vayas a jugar con él, y menos en su situación ―dijo con tono preocupado.

―No lo haré, ¿qué clase de monstruo crees que soy?

Harlem solo arqueó una ceja y Boyd se abstuvo de opinar algo en contra. Probablemente no tenía la mejor reputación, pero de alguna manera, Cole le gustaba más de lo que debía, por lo que, por el momento, no había peligro de hacerle daño.

Dirk asomó su cabeza por la oficina de Harlem con rapidez.

―Vall, a la sala de interrogaciones. Es sobre el caso de Ostrow.

―En un segundo, señor.

―Y Pechner, ¿Cuántas veces tengo que decirte que permanezcas en tu oficina, eh?

Boyd se volteó con el café en la mano.

―Lo siento, jefe. Solo pasaba a saludar a mi colega.

Dirk replicó en tono antipático:

―Este lugar es para resolver crímenes, no para saludar a los colegas.

Boyd se volteó haciéndole ojos de enojo, mientras Dirk se marchaba de la oficina y Harlem se levantaba con una carpeta en las manos. La rubia se encogió de hombros.

―Será mejor que te vayas.

Le dio un último sorbo a su café y salió de su oficina hacia la sala de interrogaciones. Allí afuera se encontraba Dirk, mirando desde el vidrio hacia dentro, el sospechoso por el asesinato de Ostrow, y quien le interrogaba era casualmente Cole, el chico con el que salía Boyd. Pero algo no andaba bien en aquella imagen.

―¿Por qué interrogan a ese chico? ―preguntó de pronto Harlem, mirando cuidadosamente al sospechoso.

―Porque es un sospechoso ―respondió Dirk sin mucha emoción.

―¿Del caso de Ostrow? ―cuestionó.

―Sí.

―Imposible.

Dirk se dignó a voltearse y mirarla.

―¿Qué? ¿Por qué lo dices?

―¿Ves su posición? Es la misma que la de Cole, quien no pasa del metro ochenta de estatura, el sospechoso medía al menos un metro noventa y cinco. Este chico no pudo haber matado a Ostrow.

Dirk solo formó un mohín desesperación anticipada y preguntó:

―¿¡Y por qué no dijiste nada!?

―Claro que lo hice. Dejé mi informe en su escritorio esta mañana.

El pelirrojo se llevó la mano a la boca y respiró profundamente, tratando de controlarse. Luego dijo:

―¿Y estás segura que no pudo ser él? ¿No hay ninguna posibilidad?

―Los números no mienten, Dirk.

Fácilmente y por la forma en que su nariz se exaltaba cada vez que respiraba, se podía decir que Dirk estaba teniendo un mal día y su humor no era el mejor.  Se adentró rápidamente al salón y detuvo el interrogatorio, dejando libre al hombre y a Cole con un gran signo de pregunta formándosele sobre la cabeza. Decidió marcharse entonces, no quedaba más qué hacer allí.



―●―



La manera en que Tom había conocido a Ambreal fue demasiado peculiar para su gusto, rayando en lo bizarro. Aún, semanas después de haberse presentado, no lograba descifrar como había caído en la trampa de una señora tan adorable como lo era ella, con su marcado acento italiano y su orgullo por el mismo.

Fue en su incansable búsqueda por algo que lo guiara a Caleb, cuando se encontró con ella por accidente. Y no supo cómo, sus palabras lo enredaron y terminó contándole porqué buscaba a Caleb y todo lo que había sucedido con Camille. Si bien al principio tuvo miedo, contarle a ella ―quien tenía un gran parecido con su madre, Simone―, tuvo un efecto en él liberador. Y ella, como esposa de alguien importante, se ofreció a ayudarle con su búsqueda con Caleb. Y hasta el momento, no había fallado.

La noche anterior había sido más una emboscada para Lars Kahn, quien era un empleado de Caleb, Tom sospechaba. Y su mayor sorpresa fue haberse encontrado con nada más y nada menos que Harlem, quien estaba allí como parte de su equipo para secuestrar a Ambreal. Aún no sabía porque no se la habían llevado ―dado que aunque lo hubiesen hecho, Ambreal hubiese salido ilesa―, lo cierto era que tenía la certeza de que Harlem trabajaba para Lars, y si Lars trabajaba para Caleb Novek, entonces Harlem era nada más y nada menos el vil remplazo de Camille.

Justo lo que Caleb necesitaba.

Ese día iría a ver unos departamentos que había construido un arquitecto llamado Austin Tykwer, quien Ambreal había averiguado, podría ser el supuesto arquitecto de Caleb Novek. Eran casi las tres, se encontraba listo, y decidió entonces ir al centro. Austin Tykwer podría ser el arquitecto de Caleb por una razón muy simple; era el mejor cuando de obras minimalistas se trataba, cuyo estilo era el predilecto de Caleb. Y aquel edificio era uno de los pocos con ese estilo arquitectónico que se encontraba en el centro.

Tom arribó en su auto con el semblante que solo él poseía; lentes de sol, camisa desabotonada ―para darle el toque casual― con su chaqueta de traje y pantalones de mezclilla. La agente que lo recibiría le esperaba en el lobby del edificio, pasó el guarda de seguridad sin mucho problema y se encontró con una preciosa castaña que lo saludaba con entusiasmo y se dirigía a él con un apellido falso.

―¡Señor Hall! Justo a tiempo, mi nombre es Julia Arndt. Solo tenemos un departamento disponible por el momento, ¿desea verlo ahora, o quisiera dar un paseo por los alrededores?

―Oh, quisiera ver el departamento ahora, si no es molestia.

―Por supuesto que no, sígame por favor.

Tom abordó el elevador junto a ella, cuyos ojos verdes eran realmente encantadores. Ella conversaba sobre la seguridad del edificio y la tranquilidad de los inquilinos. Finalmente llegaron al último nivel, y caminaron hasta el último departamento. Ella abrió la puerta y se adentraron para mirar con detalle la construcción, seguía conversando sobre la prohibición de mascotas ―política del departamento―, la cantidad de habitaciones que tenía, el espacio que tendría sobre el estacionamiento subterráneo y demás.

―Es un privilegio vivir en estas instalaciones, si me permite decirle, señor Hall. El arquitecto que los construyó es muy reconocido en toda Europa, es muy talentoso.

―Oh, ¿de veras? Me gustaría saber su nombre, me interesa mucho este tipo de…construcciones ―dijo improvisando.

―Austin Tykwer.

―Oh, claro. He escuchado sobre él…―Tom miró hacia los lados, y aunque no pensaba vivir allí, se tomó la molestia de pregunta―, y, ¿podríamos hablar sobre precios, entonces?

La mujer le enseñó el contrato y habló sobre la mensualidad que debía pagar. A Tom le sorprendió darse cuenta que excedía por mucho lo que él creía iba a costar. Pero luego pensó para sí mismo que era un precio realmente justo, los acabados eran exquisitos y venía amueblado.

―Yo…quisiera echarle un vistazo a otros departamentos. Ya sabe, para comparar. Pero este realmente me ha gustado. Creo que, yo le llamaré en caso de que me decida, ¿sí?

―Oh, claro, señor Hall, espero su llamada. Y recuerde, no pierda la oportunidad de vivir en este lugar. No se arrepentirá.

―Estoy seguro que no ―Tom sonrió, y ambos salieron del departamento.

En el elevador, llegaron al primer nivel, en el lobby, y Julia dio un paso afuera. Justo cuando Tom iba a salir, un repentino aroma pululó a su lado, y la reconoció. Volteó la cabeza y vio una cabellera rubia adentrándose al elevador. A Tom le fue imposible salir.

―¿Señor Hall? ―preguntó Julia, mirándole ahí estático.

―Yo…creo que dejé mi billetera, arriba ―dijo.

―Oh, le acompaño entonces, debió dejarla en la mesa de la cocina.

―¡No! ―dijo en cuanto pudo―. Yo, la dejé en el pasillo, botada.

―¿Está seguro?

―Lo estoy. ¿Podría esperarme aquí, señorita Arndt? Bajo en un segundo.

―Se…seguro ―dijo titubeando. Tom cerró las puertas del elevador, antes de que alguien más lo abordara. Harlem seguía sin moverse, a su lado, mientras ascendían.

―¿Qué haces aquí? ―preguntó. Marcó el último piso, sin mirar a Tom.

―Vivo aquí ―respondió.

―Esta debe ser una nueva manera de acoso ―bufó la rubia.

―Admites que te encantaría que me tomara el tiempo de acosarte, pero no. Vine a ver un departamento disponible.

―¿Ah, sí?

―Sí, en tu mismo piso, para ser exactos. El último.

―Oh, vaya ¿Heil se marchó?

―Supongo que era él. ¿Buen vecino?

―Oh, no, el peor. Pero ha de ser mejor que tener a alguien obsesionado contigo viviendo justo en frente.

Tom se echó una carcajada.

―Es es completamente injusto ―objetó. Harlem le miró a los ojos.

―¿Lo es?

―Sí, lo es ―confirmó Tom―. Solo me has visto tres veces y me hablaste dos. No puedes conocer a alguien en menos de treinta minutos.

―No necesito conocerte más.

―Solo te dejas llevar por lo que dicen de mí. Y ¿sabes? La mayoría no es verdad.

―Tengo un problema en creer en lo que dices.

―Bien, es una lástima. Pensé que podíamos ser buenos vecinos.

―Creí que bromeabas cuando dijiste que vivías aquí.

 ―Desde luego que no ―Tom le guiñó un ojo―. Sería una pena desperdiciar un departamento como este.

―Te daré lo que quieras para que no compres ese maldito departamento.

―Oh, verás, no soy tan fácil.

―Anda, dime un número. Lo que sea.

―Pierdes tú tiempo, linda. No voy a marcharme de aquí.

―No me importa qué quieras de mí o qué andas buscando. Solo te diré una cosa; un solo movimiento de tu parte, y te arrancaré la cabeza antes de que siquiera te des cuenta.

Tom se acercó a los botones del elevador y presionó el de emergencia. En ese momento se detuvieron abruptamente, y Tom aprovechó y se volteó para quedar justo frente a Harlem.

―¿¡Qué crees que estás haciendo!?

―Un punto. Estoy haciendo mi punto. Seamos claros, ¿quieres? Yo no estoy aquí para matarte, dejé ese negocio atrás hace mucho tiempo. Pero si no me crees, ¿por qué no haces eso de la cabeza que tanto dices y acabas con esto ya?

Harlem tensó su mandíbula.

―Tengo prohibido matar a alguien, sino he sido elegida para ello por mi jefe. Pero tratándose de ti, estoy dispuesta a romper esa regla. Ahora pon en marcha el maldito elevador y aléjate de donde sea que yo esté. Y sí, eso también implica tomar tu dinero y comprar un departamento a noventa millas de aquí.

Tom se quedó en silencio, con media sonrisa. Harlem tomó el botón para poner el elevador en marcha, pero no sirvió.

―Mierda, mierda. Dime que sabes cómo poner esto en marcha.

―Solo tienes que presionar este botón ―dijo alargando su dedo―, no es gran cosa ¿sabes? ―entonces reparó en que no servía.

Harlem tuvo que contenerse y respirar profundo.

―Oh, bueno…supongo que estamos en un problema.

La rubia no pudo hacer más que fulminarle con la mirada y maldecir en voz baja el hecho de encontrarse encerrada en un maldito elevador. Solo esperaba que la ayudase llegase rápido, porque estaba segura de que si permanecía allí más de veinte minutos, Tom no saldría precisamente en buen estado de allí.



―●―



Bien. La ayuda no llegó rápido. Llegaban allí quince minutos, y no repararían el elevador en otros diez, lo que tardarían en descifrar el problema y arreglarlo. Para ese momento se encontraba sentada en el piso, Tom frente a ella, sin mirarlo.

―Creo que el destino quiere que socialicemos un poco más, ¿eh? Es decir, somos vecinos.

―Realmente no es el mejor momento para hablarme ―dijo ella.

―Oh, vamos. No es para tanto.

Harlem le fulminó con la mirada.

―Yo…―ella se inmutó un segundo―pagaré lo que sea para que me dejes en paz. Te daré el doble de lo que te han dado. No me interesa para quien trabajes, solo quiero que te mantengas alejado de mí.

Tom respiró cansinamente, y es que estar repitiendo que no quería matarla comenzaba a cansarle.

Y sí, tal vez no tenía excusa para querer llegar a conocerla ―o la excusa que tenía no era válida―, pero…había cierto magnetismo en la mirada de Harlem que lo hacía no querer desistir.

Justo como con Camille.

―Escucha, sé lo que piensas de mí. Sé lo que piensan todos. Sé sobre los rumores que corren por toda Alemania, pero no hay nada bueno en ello para mí. Yo no la maté, no podría haberlo hecho.

―¿Se supone que debo creerte?

―Puedes hacerlo o no. Es tu decisión, pero te digo la verdad. Nunca podría hacerle daño porque…

―Lo sé ―interrumpió ella―, no necesitas decírmelo.

―¿Lo sabes?

Ella volteó la cabeza y le miró a los ojos.

―Conocí a Camille ―confesó. A Tom el corazón le saltó en el pecho, de pronto se vio a sí mismo con los ojos más abiertos de lo normal y mirándole inquisitivamente a ella.

―¿La conociste? ¿Cómo?

―Sé porque estás aquí ―repuso Harlem―, por eso no me asombré al verte. Estás buscando a Austin Tykwer, el arquitecto de Caleb Novek. Sé que piensas tomar información sobre las instalaciones de Novek alrededor de Alemania, y sé que piensas vengarte por la muerte de Camille. Déjame decirte algo; no lograrás nada.

―¿De qué hablas?

―He sido una agente de La Organización desde hace varios años.  De las pocas mujeres que el señor Novek ha reclutado. No debería asombrarte que haya sido…cercana a Camille. Y créeme, por lo único que aún no te he matado es por ella. Y siendo que fuimos amigas, te daré un consejo; deja tu estúpido plan y márchate de la ciudad. Novek siempre está un paso delante de todos y en el minuto en que creas que lo tienes, quien realmente te tiene es él a ti.

»No estoy aquí para ser amiga tuya ni mucho menos, únicamente te estoy advirtiendo lo qué sucederá si sigues con esa estúpida idea de vengarte. Tu nombre está en toda la Organización, cada agente tiene como prioridad llevarte a Caleb, por lo que entenderás mi posición de quererte alejado de mí. En el minuto en que mi jefe se dé cuenta que vives frente a mí y no he procedido a dejarte sin sesos, va a matarme a mí. Y adivina qué, prefiero mi vida antes de la tuya. Así que te recomiendo, por la memoria de Camille, que te largues de este país en cuanto puedas. Seré leal a ella cuando pueda, pero si se trata de decidir entre tu vida y la mía, ya sabrás cual será mi decisión.

Tom se quedó callado, tratando de procesar la información en su cerebro. Se sintió debilitado, de pronto, como si el peso del mundo cayera sobre él.

Harlem continuaba mirando al lado, sin enfrentarle. Tom quería saber sobre cómo se habían conocido y sobre porqué ella sabía sobre su existencia y Tom no sobre ella. Tal vez Camille se había encargado de todos esos detalles siempre, mientras él y su infinito egoísmo solo pensaban en aferrarse a su lado en cuanto pudiera. Se sintió como un cobarde, y lejos de haberse convencido de dejar su plan, su odio incrementó más. Cuando se dio cuenta el elevador estaba de nuevo en marcha.

Se puso de pie, al igual que Harlem. Ambos mirando hacia las puertas, cuando ella dijo:

―Sé que la amabas, Tom. Pero debes dejarla ir.

La puerta se abrió en el sexto piso, ella salió y Tom se quedó allí, estático.

―Hasta nunca, Kaulitz.

Las puertas se cerraron. Él bajó hasta el lobby, donde Julia le esperaba.

―¡Señorita Arndt! ―exclamó al llegar―. He cambiado de opinión.

―¿Sí? ―preguntó la castaña.

―Quiero quedarme con el departamento. ¿Adónde debo firmar?

Una sonrisa traviesa esbozaron sus labios, y los ojos le brillaron.




Live Your Life- T.I Ft. Rihanna

Capítulo 53 «Círculo de fuego»



No fue la primera en entrar, pero ciertamente no era la última. Ese lugar de enigma y honorabilidad le tocaba a su jefe, no Dirk, él era un payaso ingenuo, sino a él, Lars.

Tomó asiento en la gran mesa de forma rectangular en un fino material brilloso y negro, con las sillas a juego en metal. Los otros lugares fueron siendo ocupados conforme los pocos segundos de tiempo les permitieron ir pasando, no era una regla llegar temprano, era una desición que se tomaba si se era inteligente. De modo que en su mayoría eran hombres los empleados, y Harlem, sin embargo todos allí comenzaban a tomarle respeto. Era nueva en el trabajo, mas no en el negocio.

Lars entró con su costoso traje color negro, algo apurado, cerró la puerta y tomó el control remoto a la pantalla que estaba frente a la mesa. Se hizo a un lado mientras aparecía la foto de una mujer de mediana edad, justo sobre el fondo negro y la tipografía azul eléctrico que daba detalles sobre la mujer.

―Ambreal Trentini ―cuando el nombre salió de la boca de Lars, todos asintieron de forma que le hacía saber que su nombre era más que conocido―, cuarenta y seis años, esposa de Vincent Trentini. Supongo que no tengo que decir mucho más, ¿no? ―todos asintieron con media sonrisa―. Bien, ésta noche ésta es su misión. La queremos viva, ¿entendieron? Ni un sólo rasguño a esta mujer, y nuestro cliente fue enfático con ese pequeño pero importante requisito. Sean amables, en la medida de lo posible, claro…

Y con ello, Lars se refería al repentino susto que ocasionaba estar al tanto de que la estaban secuestrando, pero aparte de eso, la mujer debía estar en perfecto estado.

―Y saben cómo es la señora Trentini, está en un restaurante muy importante, así que…vayan bien vestidos ―Lars miró su reloj de pulsera―. Es todo, Renée los llevará al siguiente departamento.

La agente Ferch, o como solía decirle Lars ―quién tenía la confianza para hacerlo― Renée, se encargaba de la parte estética de las misiones, que, aunque parecía no tenía lugar importante, en realidad sí lo tenía.  Renée esperaba cerca de la puerta, y cuando finalmente Lars terminó, se abrieron las puertas y Renée meneó la cabeza hacia la derecha para que los agentes las siguieran.

Todos se levantaron y la siguieron por los pasillos con luces blancas y paredes grises. Renée abrió una puerta y se adentró en una habitación, entonces se detuvo y se volteó a los agentes. El primero en la fila era Russell.

―¿Qué talla eres? ―preguntó. Russel respondió de inmediato y ella sacó un traje completamente negro y lo puso sobre el pecho de él, girando un poco la cabeza para visualizarlo mejor―. Este es perfecto ―dijo para sí misma, mientras lo soltaba y Russel lo tomaba tan rápido como sus reflejos le permitiesen.

―Tomen todos uno. Harlem, tu vestido está al final.

Comenzó la marcha de nuevo, y mientras pasaba los percheros con ropa masculina, al final de la habitación, tomó su vestido bien guardado en un saco negro. Estaba ansiosa por saber qué ropa le habían elegido.

La caminata siguió hasta otra habitación, subiendo un par de escalones, donde guardaban las armas. Renée abrió lo que parecía ser una gran caja metálica con una luz que alumbraba desde adentro, allí aparecieron ocho pistolas negras calibre cuarenta sin cargador sobre una superficie de terciopelo negro. Bajo las armas parecía haber otro nivel, que salió junto con los respectivos cargadores de las armas de arriba. Renée tomó el primer cargador y lo insertó en el armazón de la pistola, después lo lanzó a Russell quién lo tomó en el aire con gran precisión.

―No necesitarán artillería pesada, ¿verdad, niños? ―cuestionó con sonrisa burlista, mientras seguía lanzando las pistolas con sus respectivos cargadores. Harlem tomó la última y la guardó entre sus pantalones y su cadera.

―Bien, sigamos.

Renée salió de la habitación y se introdujo en el elevador junto con los demás agentes. Bajaron hasta el estacionamiento subterráneo, donde guardaban los autos. Las puertas se abrieron, las luces ya estaban encendidas, los reflejos de las mismas sobre los capós brillantes.

―¿Quién quiere conducir? ―preguntó con sonrisa maliciosa, sosteniendo la llave de un lujoso Chevrolet Tahoe. Al ver los ojos de Russell brillando le lanzó las llaves―¿Estás seguro? Es un auto poderoso, un solo error y…no más Russell.

―Creo que acepto el reto ―dijo él con sonrisa coqueta.

―Bien ―accedió la rubia, sonriendo de vuelta―. Harlem, las llaves de tu auto.

Harlem extendió la mano, recibiendo las llaves de un Dodge charger en color negro.

―Los veo aquí a las ocho ―dijo, sin necesidad de advertirles la vitalidad de llegar temprano―. Cuiden sus trajes.

Eso fue lo último que escuchó Harlem, después salió del edificio con su vestido al hombro, abordando su auto de vida cotidiana, el precioso Nissan.

Su departamento en el centro no distaba de ser tan lujoso como su auto. El edificio en el que vivía tenía aires modernos, diferenciándolo del resto que tenía más bien influencias de arquitectura gótica. Lo rentaba ya amueblado, y aunque la elección de la tela de los sofás no era su preferida, seguía teniendo un encanto muy único.

Al llegar lo primero que hizo fue abrir el saco que contenía su vestido para echarle un vistazo; y Renée nunca fallaba con su gusto. La tela formaba unos elegantes pliegues en su busto, con tela satinada en un precioso color champagne, y bajo su pecho entallado, ceñido hasta la rodilla la tela en color negro opaco. Estaba segura de que esa noche haría frío, pero lucir ese vestido realmente lo valía, y usar un abrigo solamente lo opacaría.

Dejó entonces el vestuario sobre su cama, y se dirigió al baño para abrir el grifo de la bañera. Esperó a que se llenara de agua, y mientras se fue por un poco de vino y una copa para relajarse mejor. Finalmente estuvo en el baño, sumergida en el agua tibia y espumosa, tomando un poco de vino mientras una suave melodía la hacía cerrar los ojos involuntariamente. No se había percatado de lo cansada que estaba, hasta que, en algún momento de su placentero dormir, escuchó el timbre de su casa sonando. Y al despertar repentinamente el agua de la bañera se revolvía de forma brusca y se salía de los bordes. Gritó un rápido «Ya voy» desde el baño, salió de la bañera y se ató los extremos de la bata en la cintura, mientras con pasos rápidos se acercaba a la puerta se echaba un vistazo por la mirilla. Era Boyd.

―¿Qué sucede contigo? ¡He estado tocando durante la última media hora!

Harlem rió, cerrando la puerta tras él.

―Estaba dándome un baño, y me quedé dormida ―se excusó, para luego agregar―: ¿Y tú qué haces aquí?

―Traigo comida china, y algo de vino ―Luego la olfateó―. Pero por lo que veo ya empezaste.

Harlem solo volcó los ojos.

―Iré a ponerme algo de ropa, espérame aquí.

Tal vez sí había tomado más de la cuenta, cuando comenzó a caminar se tambaleó un poco a causa del mareo. Llegó su habitación y se puso su ropa interior, luego se paseó por su habitación de ese modo en busca de alguna blusa que había dejado en su cama antes de irse a bañar, pero que ahora simplemente no encontraba.

―Sabes, a veces me haces dudar de mi sexualidad ―escuchó a alguien decir, la voz de Boyd. No se apresuró en taparse.

―Cuando dices esas cosas me haces a mí dudar de tu sexualidad ―respondió, finalmente encontró su blusa. Escuchó a Boyd carcajearse, mientras se sentaba en la cama.

―Lindo vestido ―comentó―. ¿Irás a algún lado?

Harlem se forzó a sí misma a pensar en una respuesta rápida y creíble.

―Tengo una cita ―respondió. Bien, rápida sí, creíble…tal vez.

―¿Una cita? ―cuestionó Boyd, justo como Harlem había predicho en su mente.

―Sí, una cita.

―¿¡Harlem Vall dejará de trabajar por una noche y asistirá a una cita!? ―dijo ahora con más euforia―. Lo único que podría hacer este momento mejor es que me digas que es con un chico.

Harlem sólo asintió.

―Lo es.

―Vaya, ¿lo conozco?

―No ―respondió demasiado apresurada.

―Bueno, te agradará saber que yo también tengo una cita hoy.

―¿Ah, sí? ―Harlem se sentó a su lado, en la cama―. ¿Lo conozco?

―No ―respondió él―. Bien, en realidad sí, pero es del departamento, y no quiere que nadie sepa que estamos saliendo, al menos no hasta que sea serio.

Harlem hizo un sonido prolongado con la boca.

―¿Vamos a la sala?

Boyd se levantó y caminó junto a ella a la sala de estar. Allí abrieron los platos de comida china y destaparon el vino que Boyd trajo. Hablaron de banalidades durante toda la tarde, Harlem intentado adivinar con quién iba a salir Boyd y Boyd conociendo sobre el ficticio hombre que saldría con Harlem esa noche.

Boyd era muy cercano a ella, y algunas veces le afectaba seriamente tener que mentirle sobre su verdadero oficio. Era la primera vez que se relacionaba con alguien realmente que no estuviese en el mismo negocio que ella, y aunque sabía que era peligroso ―los mafiosos siempre dan en el punto débil cuando lo encuentran― sería más peligroso hacerle saber lo que hacía, aparte de claro, la cuestión moral que daría saber que su mejor amiga era una asesina a sueldo.

Finalmente fue hora de que Boyd se marchase, las citas comenzaban a una hora parecida y Boyd era bastante coqueto con su higiene, aunque no demasiado femenino, siempre procuraba oler bien y tener el cabello sedoso. Por su parte, Harlem ya tenía la mitad del trabajo hecho. Eran las siete de la noche, comenzaba a anochecer, y lo único que quedaba era maquillarse y peinarse.

Al terminar la noche, y cuando se dirigía al edificio de la Organización, su cabello iba recogido hacia el lado derecho de su cabeza completamente, cayendo sus rubias y exuberantes ondas por el hombro. Sus ojos celestes con maquillaje ahumado negro y sus labios rojos, al igual que el barniz en sus uñas. Todo aquello culminado con el vestido.

En el garaje todos estaban listos, recibiendo las últimas órdenes y colocándose los auriculares en el oído, al igual que los discretos micrófonos camuflados con la ropa. Russell dio las últimas palabras importantes a Harlem y Renée dio la señal para que partieran.

El recorrer de las calles fue rápido, en un par de minutos ya se encontraban en el lujoso restaurante. Lanzaron las llaves de sus autos al valet, y se adentraron al lugar.

Harlem echó un vistazo a todo, había suficiente gente como para que fuese dificultoso encontrar al objetivo, la imagen que tenía de Ambreal Trentini era de cabello color granate y ojos oscuros con prominentes arrugas.

―No puedo encontrarla ―escuchó a Russell decirle. Se ajustó el auricular y respondió:

―Yo tampoco.

Harlem se decidió por caminar por el lugar para localizarla, subió hasta el segundo piso y continuó buscándola allí. Cuando no pudo encontrarla le informó a sus compañeros de misión que iría a ver al tercer piso.

―Aguarden en el segundo y el primero en caso de que haya estado en el baño ―demandó. Los demás obedecieron y ella subió hasta el último nivel del lujoso restaurante.

Allí había tanta gente y mesas ocupadas como en los otros niveles. Los meseros correteaban de un lugar a otro dando una imagen completamente diferente a la que trataba de aminorar la música de piano que se escuchaba. Harlem se decidió por correr los bordes del salón, mirando hacia el centro.

Justo en ese momento, en que sus ojos bailaban de un lugar a otro, cuando se fijaron con fuerza en una persona en especial. Allí sentado, al centro del lugar, en una mesa para dos pero estando solo, se encontraba Tom.

Y no pudo haber sido peor la sensación cuando le vio.

―Joder…

―¿Sucedió algo? ¿La encontraste? ―preguntó Russell apresurado.

―Oh, no, no ―comprendió de repente que la habían escuchado―. Mmm, iré al baño ¿bien? Voy a desconectar esto un segundo.

―No, Harlem, ¡no puedes!, est…

La rubia lo hizo sin importarle mucho los reclamos de otros agentes que se sumaban a las suplicas de Russell. Se dirigió con paso seguro y rápido a la mesa de Tom, donde la silla frente a él se encontraba vacía. Se sentó con tanta fuerza que por un momento creó que había hecho un agujero al piso con las patas de la silla. Tom se mantuvo tranquilo, le dio un sorbo a su copa y dijo:

―Vaya, linda sorpresa.

Harlem alzó una ceja.

―¿Qué demonios haces aquí?

―Podría preguntarte lo mismo.

―Vamos, no estoy para bromas.

Tom solo sonrió.

―Bien, tengo una cita, a eso vine. ¿Algún problema?

―Tengo problemas en creer lo que dices.

―Tú lo has dicho, es tu problema.

Harlem tomó aire audiblemente, tratando de calmarse.

―Sé lo que haces, joder, y si intentas algo conmigo…no vas a tener suerte.

Tom se echó una carcajada.

―¿Podrías ser más específica? Realmente te estoy perdiendo.

―Te conozco, Kaulitz. Todos en este negocio te conocen. Y ¿sabes algo? Les agradas demasiado para ser verdad. Les agradas porque les quitaste un gran peso de encima. ¿Sabes de lo que hablo?

Tom se tornó serio, como si de alguna manera supiese a que se refería.

―Ser el causante de la muerte de Camille Novek fue un golpe de suerte que te hizo un nombre entre las mafias ―Tom se paralizó, y ella curveó sus labios―. No voy a dudar en deshacerme de ti en la primera oportunidad que tenga. No estoy dispuesta a correr el riesgo.

Tom miró a los lados y lanzó la servilleta contra la mesa.

―¿¡De dónde sacaste semejante mentira!?

Ahora era Harlem quien tenía el semblante impasible y cínico.

―Es el rumor que corre por toda Alemania. Nadie creería que Camille Novek caería por un rostro bonito, si lo hubiesen sabido, habrían mandado a muchos a hacer tu trabajo. Pero tú..tú fuiste único, y diferente. Tan calculador, joder, oí que los mafiosos tienen bajo llave a sus hijas con tal de que no se topen contigo. Te tienen miedo, ¿lo sabías? Completamente irreal.

―Es todo mentira ―masculló clavando su mirada en ella. Harlem se acercó por la mesa, con el rostro a pocos centímetros de él.

―Te he estado vigilando, Kaulitz. Y yo, no te tengo miedo. Un solo desvío en mis misiones por tu culpa y no tendrás ni tiempo de celebrarlo.

Harlem se levanto, y justo en ese momento, tras ella, se encontraba Ambreal. El rostro demacrado y amargado le hacía saber que no le había agradado estar allí de pie mientras ella se apoderaba de su silla. Harlem dio una media sonrisa e hizo amago de irse, pero parecería demasiado maleducado para el gusto de Tom, de modo que intervino antes de que diese un paso.

―Oh, Ambreal, déjame presentarte a un vieja amiga, ella es…

El momento se tornó incómodo cuando a Tom le fue imposible recordar su nombre. Después de varios segundos que parecieron horas, la rubia intervino.

―Harlem, mi nombre es Harlem.

Ambreal la miró de pies a cabeza.

―¿Harlem? ―dijo en tono despectivo y con marcado acento italiano―. ¿Harlem como la ciudad?

La rubia soltó una risilla.

―Sí, como la ciudad.

Ambreal solo alzó la ceja disgustada. Luego murmuró, lo suficientemente alto para que Harlem escuchara:

―Vaya amigas, querido.

Tom solo sonrió.

―Fue un gusto conocerla. Que tengan una buena noche, y…hasta luego, Tom.

Lo siguiente que debía hacer era cancelar la misión. Las cosas se complicaron mucho con la presencia de Tom, siendo la cita de Ambreal, podría intervenir y le harían daño, un riesgo que no estaba dispuesta a tomar, porque en sus planes, no estaba realmente lastimarlo ―aún cuando lo había amenazado―.

―¿A qué te refieres con “cancelar la misión”? ¿ESTÁS LOCA? ―fue lo primero que vociferó Russell, conforme ella bajaba.

―Espérame en la primera planta, con los demás. Les explicaré los detalles.

Finalmente se reunieron cerca de los baños, la gente comenzaba a irse por lo que comenzaban a tener más espacio. Estando allí, Harlem comenzó a explicarse:

―La cita de Trentini es alguien sumamente peligroso, ¿entienden? No podemos intervenir ahora.

―¿Tiene guardaespaldas?

―No.

―¿Quién es?

―El tipo que mató a Novek ―respondió. Todos tragaron con dificultad―. Probablemente alguien más quiere encargarse de Trentini aparte de nosotros.

―¿Está solo? ―preguntó uno de los agentes.

―No lo sé, por eso sería imprudente intentar hacer algo. No pudo ella, nosotros sólo podríamos soñar con intentarlo. Dejaremos esto para otro día, yo hablaré con Lars.

―Bien ―dijeron al unísono. Justo cuando iban a marcharse, Harlem llamó a Russell.

―Llévate mi auto ―ordenó―. Tomaré un taxi a casa.

El castaño asintió y se marchó con los demás agentes. Harlem salió del edificio, hacia la esquina, donde los autos pasaban y las luces de la luna y las estrellas alumbraban. Se sentó en una banca de metal adyacente al barandal que cubría el jardín del restaurante, se frotó los brazos por el frío y se quitó el auricular y el micrófono. Allí permaneció probablemente poco más de una hora, hasta que sintió que el frío no la dejaría permanecer allí por más tiempo.

Caminó un poco hacia la entrada del hotel, donde se detenían los taxis. Alzó la mano y la meneó de arriba abajo, pero ningún taxi se detenía. El viento comenzó a soplar más fuerte, comenzaba a temblar de frío.

En ese instante reparó en la presencia de Tom, a su lado.

―Va a ser difícil encontrar taxi a esta hora ―comentó, con las manos en los bolsillos. Harlem le ignoró y continuó con su brazo―. ¿No tienes frío?

Ella no respondió.

―Bien, iba a ofrecerte un aventón, pero parece que no quiere hablarme.

―Te he advertido que te mantengas lejos de mí ―sentenció.

―Oh, créeme que ahora más que nunca te va a costar deshacerte de mí.

―¿Me he convertido en tu misión? ¿Quién te ha mandado a matarme? ―Harlem finalmente desistió de sus intentos y se paró frente a él.

―Nadie, en realidad.

―¿Entonces?

Tom formó una sonrisa torcida con sus labios encantadores y dijo:

―Me gustas.

Fue tan directo al decirlo que ella tuvo que esperar unos segundos para asimilarlo. No dijo nada cuando finalmente se dio cuenta de lo que había dicho.

―No es recíproco ―sentenció después de unos minutos. Se volteó.

Tom se quitó su chaqueta y la colocó sobre los hombros de ella. Harlem pensó en un momento de orgullo en quitársela y devolvérsela, pero la realidad era que…definitivamente estaba haciendo demasiado frío. Y la chaqueta estaba tibia y tenía la fragancia de su perfume impregnada.

―Quédatela ―murmuró él. El valet se acercó y le dio las llaves del auto que esperaba frente a él. Harlem finalmente pudo detener un taxi. Tom la acompañó hasta la puerta y la abrió como todo un caballero, antes de sentarse en la parte trasera, se volteó a Tom, que sostenía la puerta con su brazo y la acorralaba, y le miró directo a los ojos.

―¿Por qué haces esto? ―preguntó ella, dejando de lado su faceta amenazante. Estaba confundida. Se sentía…extraño.

―Será mi excusa para volver a verte ―respondió él. Le guiñó un ojo, y se acercó para darle un cálido beso en la mejilla.

Harlem subió al taxi como sumergida en un trance, Tom cerró la puerta y se dirigió a su auto. Condujo un momento detrás de ella, y cuando se acercó al cruce en que tenía que tomar una curva, aceleró y se posicionó justo del lado de la ventana en que ella llevaba apoyada la cabeza. Tenía los ojos cerrados.

Tom sonrió y tomó la curva, marchándose con esa imagen en su cabeza. En ese mismo instante Harlem abrió los ojos, y le vio alejarse.


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