Capítulo 44 «Requiem»

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Llegó a casa poco antes de la medianoche. Cuando atravesó la cocina, llegando a la sala de estar, escuchó la puerta principal tratando de abrirse. Frunciendo el ceño, Camille se acercó y tomó el pomo abriéndola completamente, Brokelle se encontraba encorvada, con los ojos enfocando la cerradura y la llave de la puerta en su mano desorientada.

―¿Estás ebria? ―preguntó sin miramientos, y con una media sonrisa. Brokelle alzó la vista e hipó―Oh, por dios.

―No estoy ebria…―dijo con un tono poco convincente. Luego añadió―: Bien, tal vez un poco, pero no es para tanto.

Camille sintió un leve impulso a reírse, pero tenía un problema que no la dejaba ver nada hilarante en esos momentos. Le salió más bien una leve sonrisa.

―Será mejor que entres.

Brokelle así lo hizo, aunque se tambaleó un poco. Camille aseguró bien la puerta y apagó las luces del pórtico.

―¿Cómo te fue hoy? ―preguntó Brokelle.

―¡Ah! Ni te imaginas…―Camille abrió la boca para comenzar a relatarle todos los infortunios de aquel día, pero luego se concientizó del estado de Brokelle, de modo que dio un largo suspiro y se detuvo―. Será mejor que te cuente mañana, cuando estés en mejores condiciones.

―Tonterías ―repuso Brokelle―, estoy perfectamente bien. Un poco mareada, desde luego, pero consciente de todo. Anda, cuéntame, es mi deber saberlo ¿no?

―Bien ―accedió la pelirroja. Y no porque le hubiese creído, sino porque necesitaba contarlo a alguien. Era demasiado abrumador guardárselo ella sola―. Sabes que la Organización no está pasando por el mejor momento ¿no? ―Brokelle asintió―. La policía por poco me atrapa hoy, Broke. Debiste verlo, era todo un operativo, toda la calle se detuvo a verlos entrar al hotel en el que me encontraba. Estaban tan seguros de que iba a estar allí… esta vez fue diferente. Por un momento creí que no podría salir de allí. Había francotiradores en el edificio del frente, uno estuvo cerca de dispararme al pecho. Estuve a dos malditos segundos de pasar el resto de mi vida en prisión.

A Brokelle de súbito se pasó la borrachera, y preguntó con suspicacia:

―¿No creerás que fue Tom, no?

Camille sintió un ardor en el pecho.

―Estoy segura de que no fue él ―inquirió con voz severa―. Fue Evan.

Brokelle no hizo más que abrir los ojos más de lo que sus párpados le permitían. Se le quedó mirando con suma seriedad, como si le preguntase “¿hablas realmente en serio?”.

―Lo he oído ―comenzó a decir―. Tenía el chip con la información del asesinato, y Caleb lo necesitaba urgentemente, en caso de que el operativo hubiese recogido algún tipo de evidencia que no pude haber desaparecido. Fui a su casa a tomarlo, pero no estaba, de modo que tuve que entrar a escondidas.

»Llegó poco tiempo después, y me tuve que esconder en un estante. Estaba con el detective ese de pacotilla, el tal Robert. Hablaba con él con tanta frescura… debiste verlo, sentí pena ajena. Es que… ¿¡cómo pudo ser tan desleal!? Y lo peor de todo, es él quién hace creer a Caleb que Tom nos está delatando. No sabes cómo tuve que controlarme para no matarlo allí mismo, a él, y al hijo de puta de Robert.

―¡Vaya sabandija! ―espetó Brokelle―. Nos engañó a todos…

―Siempre supe que era una rata ―confesó―, pero no sabía que llegaría a esos extremos… ¡Caleb fue como su padre!

―¿Y ahora qué harás?

―Le diré a Caleb lo antes posible.

―¿Cómo crees que reaccione?

―No lo sé… ―Camille tragó con dificultad―. Sólo espero que lo haga sufrir tanto como…―pareció que la voz no quería salirle en ese momento, sintió una punzada en el pecho―como a Georg ―terminó por decir, con la mandíbula tensa y los puños cerrados.

Brokelle no dijo nada más.

―Será mejor que me vaya a dormir.

―Espera…casi lo olvido ―Brokelle se volteó en el peldaño de los escalones―. Mañana es la fiesta anual.

―No me digas ―replicó incrédula.

―Y no podemos faltar ―agregó con voz desdeñosa.

―Joder…supongo que le diré a Bill que tendremos que cancelar planes…A menos que…

―Ni se te ocurra ―sentenció señalándola con el dedo, sabiendo de antemano lo que quería.

Brokelle soltó una sonrisa de derrota, no dispuesta a dar más pelea, estando segura de que Camille no cambiaría de opinión y no seguiría cubriéndola de sus responsabilidades. La pelirroja subió a su habitación, y en su cama encontró una nota… de él. Verla le causó algo parecido al vértigo, era como si estuviese viendo una de las notas que él le dejaba sobre los cadáveres, la misma letra un poco desordenada, en bolígrafo negro, pero esta vez rezaba algo diferente a lo de siempre:

“Lo siento…

Te ama, Tom”

Tomó su teléfono y decidió llamarlo, el pasar de los tonos hicieron de su espera un completo mártir. Luego reparó en lo tarde que era y pensó, podría estar dormido. Aún así, la agria sensación en la boca del estómago no desaparecía.





•••




La fiesta anual, no era otra cosa más que una excusa para hacer uno de los mejores y menos elaborados planes de asesinato en contra del ratoncillo que cayera en la trampa de Caleb. Camille estaba consciente de los negocios turbios de su padre, y estaba segura de que la mayoría de los trabajos que hacía no eran puramente de Caleb, sino de alguien que lo contrataba. Y aunque no era algo que Caleb conversara con ella con naturalidad, no había que ser sabio para darse cuenta. Aunque ella nunca sabía quién mandaba a matar a quién, no le gustaba preguntar. Prefería mantenerse callada, al margen, y hacer su trabajo. Para eso eran los chips que Caleb guardaba con tanto recelo, todo lo tenía archivado en computadoras con una seguridad inquebrantable ―o al menos eso pensaba, aún no sabía que Gustav los había hackeado más de una vez― donde tenía toda la información de la misión; cuándo se hacía, dónde se hacía, quién mandaba a hacerlo, y quién lo efectuaba.

Para el momento en que el sol se escondió tras el horizonte, Camille comenzó a alistarse para la gran noche. Brokelle dijo que iría a pasar un tiempo con Bill y que se verían allí. Su vestido era entonces muy elegante, corto hasta la rodilla, ceñido al cuerpo, y bajo el busto una cinta que lo dividía en dos: la parte baja tenía pliegos de tela fruncido que cruzaban de un lado al otro, en color negro satinado, al igual que la cinta. La parte de arriba tenía como fondo satín color champagne, sobre la cual se extendía el encaje en color negro, que constituía de la misma manera los breteles, que eran gruesos y alejados del cuello, en un lindo escote que dejaba a la vista su clavícula.

El cabello se lo recogió en un discreto moño en alto, el maquillaje le acentuó los ojos y le alargó las pestañas, mientras que los zapatos hacían un perfecto juego con la cartera de mano. Partió de su casa cuando el reloj marcó las 20:08, y llegó al lugar a las 20:45.

Le recibió un gran salón de fachada color blanco, con grandes barrotes a la entrada y el piso de mármol color arena. De aire elegante y lujoso, conforme avanzaba con pasos gráciles, se encontraba con mesas cubiertas por manteles con brocados en color oro. El techo era alto, albergando bombillas que irradiaban una luz tenue, mientras los invitados ponían su mejor sonrisa arrogante y las mujeres irradiaban en vestidos caros. Los meseros vestían de frac, con camisa y lazo al cuello blanco.

La primera persona que reconoció fue a Evan, y de inmediato, unas ganas inmensas de sacar la pistola que llevaba en la cartera y matarlo ahí mismo se apoderaron de ella con rapidez, pero se contuvo, no armaría una escena en un lugar tan importante. Luego miró a Caleb, sentado en una mesa privilegiada, a su alrededor, se encontraban Patrick y Paul, acompañados los tres de unas damas que parecían refinadas. Un mesero se acercó a ella:

―¿Gustaría señorita, de un aperitivo?

Camille despertó de su ensimismamiento y miró hacia la bandeja; nada de lo que vio le llamó la atención, de modo que con una sonrisa amable se negó. Por otro lado, se acercaba a ella otro mesero que llevaba copas de champagne, tomó una y le dio un sorbo discreto, al tiempo que caminaba a la mesa de Caleb.

Los tres hombres reían a carcajadas, envueltos en una nube de humo, cuando ella llegó y les saludó con una sonrisa, diciendo:

―Señores, parecen disfrutar de la velada. ¡Me alegra!

―Camille, hija… qué bueno que pudiste llegar ―dijo Caleb―. ¿Te ha visto Evan, ya?

―No aún ―respondió ella, sintiendo ácido escocerle el estómago con solo mencionar su nombre.

―Hazle saber que llegaste ―ordenó, tras su sonrisa había un tono autoritario, que Camille entendió a la perfección.

―Lo haré ―replicó ella, y alzó su copa―. Por favor, sigan disfrutando. Yo me retiro, que la pasen bien el resto de la noche.

Todos en la mesa, incluyendo las mujeres, se despidieron de ella de buena manera. Camille aceleró el paso hacia Evan, que permanecía una gárgola en el segundo piso, apoyado de la baranda, tomándose una copa. Su infaltable sonrisa se posó en sus labios, al verla caminar hacia él, mientras que a Camille se le revolvía el estómago de sólo verle el rostro, aquel rostro de rata traicionera.

―Llegaste ―murmuró él, apenas Camille se detuvo.

―¿De quién nos haremos cargo? ―preguntó de inmediato, no sentía ni las mínimas ganas de hablar con él, antes solía soportarlo, hasta cierto punto, pero ahora sólo sentía que la sangre le hervía.

―Oh, aún no lo sabes.

―¿Qué es lo que no sé? ―preguntó desconfiada.

―No mataremos a nadie ―respondió con una sonrisa, aún mirando hacia la planta baja ―. Bueno, al menos no hoy.

―¿Hablas en serio?

―A menos que tú quieras deshacerte de alguien, claro, siempre cabe esa posibilidad. Pero para los empleados de Caleb, es un día libre de hacer lo que queramos. Yo por mi parte, ya comencé ―Al decir lo último, levantó su copa removiendo el contenido.

Camille se volteó y comenzó a caminar en dirección de Caleb, quién ahora permanecía de pie hablando con una pareja.

―¡Camille, qué bien que has venido! ―dijo con euforia Caleb―. Ven, déjame presentarte a un viejo amigo. Él es Vladimir Pavlov, y ella su esposa Klara.

Camille estrechó su mano, fingiendo su mejor sonrisa. Luego dijo:

―¿Podrían concederme un minuto con mi padre?

La pareja accedió, con su marcado acento ruso, mientras Camille y Caleb se alejaban de ellos.

―¿Podrías explicarme qué demonios sucede? ―increpó de súbito, apenas fue prudente.

―Oh, te diste cuenta.

Aquello la irritó de sobremanera.

―No es nada grato ser engañado, Caleb. Y tú lo sabes muy bien.

―Vamos, no seas aguafiestas. Pensé que podrías divertirte ―comentó, mientras alzaba la mano y saludaba a un hombre a lo lejos.

―Sería bueno que hubieras dicho la maldita verdad.

―No hubieses venido ―replicó, luego de darle un trago a su copa.

―Me iré ahora, de todas maneras.

―Oh, vamos Camille. No te hará daño pasar un tiempo con tu padre ¿no? ―Ella permaneció callada―. ¿Dónde está Brokelle?

Camille de repente la recordó.

―No lo sé.

―¿No venían juntas?

―No ―respondió―. Ella debía hacer algunas cosas suyas, se supone que nos encontraríamos aquí.

―Ha de estar con su novio.

Las palabras anteriores rebotaron en la cabeza de Camille como un eco interminable. Comprendió en el tono de su voz, la malicia implícita de su afirmación. Él lo sabía…sabía algo.

―Lo sabes ―afirmó en un murmullo.

Caleb soltó una sonrisa.

―Claro que lo sé.

―¿Cómo…?

―No me subestimes, Camille. Sé más cosas de lo que piensas.

Sintió que de repente el pecho se le inundaba de una sensación fría como un hielo, tal vez era pánico. Sabía que el momento llegaría, pero no que sería tan pronto… y ahora no solo jugaba a la ruleta rusa ella con Tom, sino que su mejor amiga entraba en juego junto al hermano de su novio.

―Es la vida de Brokelle ―murmuró, con la garganta cerrándosele.

―Y es mi Organización la que está peligrando ―objetó él.

―¿Le dirás a Paul? ―preguntó sin más alternativa. Le escuchó una risa corta.

―No es mí deber ―respondió, y antes de que Camille pudiese sentirse aliviada, él agregó―: Mi deber es matarlo.

―¡No puedes hacer eso! ―vociferó ella, y un par de miradas se clavaron.

Había perdido la cordura cuando él dijo eso. Porque una cosa era controlarla a ella, pero otra cosa muy diferente era meterse con Brokelle. Mientras, él permanecía sereno, con la misma sonrisa, la misma postura de hombre adinerado y temido, saludando a viejos amigos, ignorando su repentina rabieta. Era tan…irritante.

―Lo haré si vuelvo a ver a la policía entrometida en mi trabajo ―dijo con tono severo, y se marchó.

Camille sintió ganas de vociferarle que a la única persona que debía matar se llamaba Evan, y era su empleado más cercano. Dirigió su mirada a él, aún estaba en el segundo piso, aún miraba hacia abajo, aún tenía esa sonrisa…la sonrisa de la traición, de la satisfacción de saber que aún no lo atrapaban, pero estaba tan cerca de su declive, tan cerca que Camille podía saborearlo. Miró su reloj de pulsera, y decidió llamar a Brokelle.

Después de varios tonos, su irritabilidad incrementó de manera considerable. Colgó su teléfono después de los intermitentes pitidos, y decidió ir al baño.

Cuando entró, se acercó a los lavabos y empapó su rostro, con cuidado de no correr el maquillaje. Se vio al espejo, sentía tanta presión, sus ojos estaban cansados…y había un sonido extraño proveniente de uno de los cubículos. La primera vez que lo escuchó, no pudo dar crédito a sus oídos. ¿Era…realmente… lo que escuchaba?

―¡Ohh!

Y de pronto lo reconoció. Sí, definitivamente eran gemidos provenientes de un cubículo. ¿A quién se le ocurría follar en un baño público? De pronto otro gemido, esta vez más prolongado, y entonces vinieron los murmullos, y Camille pensó, esa voz solo podía pertenecer a una persona en especial…

Sacó su teléfono de la cartera de mano, y llamó de nuevo a Brokelle. La melodía resonó por todo el baño, y provenía de nada más y nada menos que el cubículo. A los pocos segundos cortó la llamada. Camille se acercó al cubículo, y miró por debajo, había un par de pies con unos zapatos varoniles, mientras el pantalón se arremolinaba a la altura de sus tobillos.

Entonces reparó en que la puerta no estaba asegurada, de modo que con un leve empujón, logró abrirla. La reacción de Brokelle y Bill fue de pánico puro, apenas la puerta los empujó y los obligó a separarse. Brokelle se tomó el vestido y lo bajó de un tirón, hasta las rodillas, mientras Bill se agachaba con la rapidez de relámpago y se volvía a poner los pantalones.

―Son las personas más desagradables que he conocido en mi vida ―masculló con mirada furibunda. En otro momento le hubiese hecho gracia, pero Brokelle había estado caminando por la cuerda floja los últimos meses y ahora, había caído. Y aquello no tenía ni el más mínimo rastro de hilaridad.

―¡Camille! ―replicó de un grito, con los labios sonrojados― ¿¡Qué demonios sucede contigo!?

―¡Lo mismo pregunto! ―repuso vociferando―. ¿¡Cómo demonios se te ocurrió venir a follar aun baño público!?

―¡Ya dejen de gritar! ―dijo Bill con voz autoritaria, y ellas le miraron con ojos fulminantes.

―Será mejor que te arregles el cabello, lo tienes hecho un desastre. Y cuando dejes de andar calenturienta, necesito hablar contigo ―Brokelle no dijo nada, y antes de Camille marcharse, señaló a Bill―. Y contigo también.

La célebre pareja se quedó en los baños, aseándose, mientras Camille salía al salón y buscaba al mesero que llevaba los tragos.

―¿Champagne? ―preguntó.

―No, whisky ―tomó del vaso en la bandeja y odió por un momento que tuviera hielo. De todas maneras, se lo tragó en tres rápidos sorbos.

Decidió subir a una terraza que había en el segundo piso, tenía un par de mesitas también, pero era más alejado, dónde solo alumbraba la luz de la luna. No había nadie, y era mejor así. Cuando puso pie afuera, el frío la golpeó cual huracán, ella se acercó a la baranda y se apoyó. Su celular vibró.

“¿Dónde estás?” Brokelle.

“En la terraza, segundo piso”

Después de presionar “enviar” Brokelle y Bill se acercaron a la terraza con paso cauteloso, y se plantaron al lado de ella para qué les hablase del asunto. Camille continuó con la mirada clavada al frente, y dijo de súbito:

―Caleb lo sabe.

Brokelle sintió una sensación de ácido en la boca, pero necesitaba estar realmente segura antes de perder la cordura.

―¿Qué sabe?

―Sabe de Bill y el parentesco con Tom. Sabe que estás saliendo con él.

―¡Esto no puede estar pasando, maldita sea! ¿¡Qué ha dicho!?

―Sólo lo sabe, Brokelle, y no es ninguna novedad contando con todas las veces que has estado faltando al trabajo, ¡claro que debía haber algo extraño! Y no sólo eso, también se te ocurre traerlo a la fiesta anual, ¡vaya manera de pasar desapercibida!

―No necesito que me grites ―espetó con la mandíbula tensa―. Si traje a Bill no fue por imprudente, lo hice porque pensé que no había peligro.

―¡¿Y a eso le llamas no ser imprudente?!

―Basta, chicas, ¡por favor! ―dijo Bill―. ¡Gritando no solucionan nada!

Ambas lo fulminaron con la mirada.

―Debemos pensar en algo, rápido.

―¿Ha dicho que va a matarlo? ―preguntó Brokelle.

―Si se vuelve a saber de la policía interviniendo, desde luego.

―¡Pero tú sabes quién es la verdadera rata! ¡debes decirle!

―Sería inútil, Brokelle.

―¿¡Al menos podrías intentarlo!? ―vociferó exasperada.

―¡No servirá, ¿qué no lo entiendes!? ―Camille clavó su mirada en ella―. ¡No servirá para nada maldita sea! ¿¡Crees que va creerme, justo ahora, que me acabo de dar cuenta de lo que sabe!? ¿¡Realmente crees que va a creer en mi palabra y no en la de Evan!?

Brokelle se inmutó. Lo vio en sus ojos, la impotencia reflejada, la impotencia de ambas…porque Caleb no le creería. No lo haría, no dadas las circunstancias, no de la manera en que los trebejos se movieron sobre el tablero, anunciando un “jaque” por parte de la Organización, y un “mate” por parte de un amor que nunca pudo haber sido, que nunca debió ser.

Y Brokelle comprendió ahora, que su padre tampoco era de mucha ayuda. Ella sola se había metido en tal lío, ella aceptó las ventajas y ahora debía enfrentarse a las consecuencias… no había nada que pudiera a hacer, y se encontraba entonces, en el exacto mismo lugar que Camille, donde debía decidir una de dos cosas: o morir, o matar.

Camille aún clavaba su mirada en ella, con la respiración agitada, mientras Bill atónito, permanecía a su lado, tomándole la mano con fuerza. Y cayeron hondo, hacia el vacío, pero juntos… tratando de encontrar la luz al final del túnel; pero aquello no era un túnel, aquello era un abismo.





•••




El alma le volvió al cuerpo, en un segundo. Sus oídos comenzaron a diferenciar sonidos…el chasquido de un arma, los pasos toscos y descoordinados, las voces graves y amenazantes. Un profundo dolor le recorrió el cuerpo, acentuándose en sus muñecas, y entonces reparó en que estaban atadas.

Pero estaba demasiado atolondrado para reaccionar, sintió un fuerte dolor de cabeza, un malestar de hambre, y al mismo tiempo nauseas. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué, ahora que abría los ojos, sólo veía negro? Una luz se encendió frente a él, le encandiló, de modo que cerró los ojos con fuerza.

―¿Pero qué demonios…?

―¡Señor, señor! ―gritó una voz cerca de él― ¡Ha despertado!

Tom sintió el pánico recorrerle hasta el más recóndito lugar de su cuerpo, mientras su piel se erizaba y el corazón comenzaba a golpearle el pecho con fuerza. Sintió la cabeza arderle, mientras escuchaba los pasos acercándose…y miró al frente, y le vio directo a los ojos, era su misma mirada…era él.


Vermillion Pt.2-Slipknot

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2 Response to Capítulo 44 «Requiem»

21 de septiembre de 2011, 15:48

Yo soy tu fan número 1, de verdad...
esta es la historia más emocionante que he leido.
De las mejores que me he topado y he tenido la fortuna de leer.
Solo una mega duda, este fic es el mismo que se publica en ATDM
acá el url:
http://www.atravesdel-monsoon.com/2010/02/fan-fic-utopia-prefacio.html

Porque no sé, como se llaman igual, pero pues leí unos capis del otro y nada que ver con esto... estoy en la duda.

Ahora sí, para cuando más capis!!!!???
que no es que presione, pero me muero por saber que pasara ahora!!!!

BrendaV.E
21 de septiembre de 2011, 22:40

Pucha no acaso Tom fue secuestrado? o? ksdakjsdb proximo capituloooooooo