Capítulo 55 «El sabor de tus mentiras»

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Haber planeado tanto como contarles a todos que iba a mudarse, no le sirvió de nada cuando la noticia se le escapó de la boca con la menor de las gracias, aquel día mientras desayunaban. Brokelle se volteó de la estufa y Gordon dejó de masticar el bocado de pan que tenía en la boca. Bill fue el primero que habló:

―¿A qué te refieres con eso? ―preguntó. Tom recién había dicho “no tiene importancia, pronto no estaré aquí más”

―Que me voy a mudar ―respondió, sin el menor de los reparos.

―¿De qué hablas? Primero, no tienes dinero, segundo, no sabes ni lavar tu propia ropa.

La expresión de negación de Gordon parecía iba a permanecer allí hasta que Tom cambiase de opinión, pero no daría el brazo a torcer. Se había decidido.

―Venderé mi auto, compraré un departamento, y pagaré a alguien que me lave ―dijo con media sonrisa.

―Bien, eso será el primer mes, ¿y después?

―Veré qué hago.

―Te estás tomando esto muy a la ligera ―intervino Brokelle.

―Vaya, gran apoyo.

Se escuchó un suspiro cansino.

―Te estamos apoyando ―dijo Gordon―. Si quieres irte, bien, pero es muy probable que vuelvas en menos de cuarenta y cinco días.

―¿Y por qué quieres irte? ―preguntó Bill.

―No sé, creo que es hora de ser independiente. Tú estás todo el día con Brokelle y Gordon formando su organización, debo avanzar yo también.

―¿Y ya tienes todo planeado? ¿Sabes donde vivirás?

―Un edificio en el centro, es nuevo.

―Debes conseguir un trabajo. Sabes que trabajando conmigo no podrás mantenerte, al menos no hasta que la organización gane reputación y esté consolidada.

Tom se quedó en silencio. Lo cierto era que quería dejar de trabajar con Gordon.

Sí, le haría ganar una excelente reputación, pero no de la manera en que quería. Ganaría reputación por tener al agente que mató a Camille Novek, y no estaba dispuesto a seguir con esa farsa. Por otro lado, no encontraría un trabajo que lo hiciese poder mantener el departamento, no si apenas tenía un título de secundaria.

Pero necesitaba irse de allí, lo quería. Sentía la necesidad de apartarse un poco de su propia familia, y no de mala manera, sino para evitar futuros altercados. Necesitaba estar solo para consolidar su plan, y no lo lograría con ellos diciéndole todo el día que se olvidara de ella.

Así que ese mismo día, vendió su auto, el audi R8 que tanto trabajo le había costado. Se compró otro, algo más barato, un lindo corvette en color negro, el dinero que sobró de la compra lo usó para adelantar un par de meses de la renta. Y sí, probablemente iba a volver en un par de meses, pero por ahora, disfrutaría de su nueva independencia.



―●―



Se le veía escabullirse como un felino entres los pasillos y las puertas. Tomó el elevador, marcó el último piso, la más que esperada requisa, le abrieron la puerta, Lars le dijo que se sentara sin siquiera alzar la mirada. La estaba esperando.

Le preguntó por el agente que estuvo en la delegación el día anterior como sospechoso. Todo había salido como planeado, tan perfecto, a prueba de fallos. El agente era el culpable, pero el reporte de Harlem decía que por cuestiones físicas era imposible que hubiese podido actuar, por lo que lo dejaron libre. Y era aprueba de fallos porque nadie podía refutar el trabajo de Harlem, uno de los criminólogos más respetados del cuartel, de hacerlo debía llevar semanas de investigación, algo que nadie tomaría de gratis, y sería casi una ofensa pensar en cuestionar el trabajo de ella.

De modo que todo era como un rompecabezas, todo debía calzar perfectamente. No le gustaba esa política nueva, tener que hacerle saber cada movimiento a su jefe. Pero tampoco podía resistirse. El solo hecho de que uno de los agentes de La Organización estuviese visto como sospechoso ya era una preocupación mayor, algo que no pasaba desde que a Camille Novek la habían acusado de matar al oficial Luke Lehmann.

Y Harlem era cuidadosa, cautelosa, sigilosa, calculadora. Y entonces apareció Tom, y todo ello pareció…desvanecerse.

―Lars ―le llamó por el nombre―, quisiera solicitar un traslado de ubicación.

El hombre le miró extrañado.

―Ya sabes qué debes hacer ―respondió. Ella lo sabía, pero demasiada burocracia no le sentaba.

―Quisiera que fuera algo más simple, sin que el señor Novek se dé cuenta.

Lars le miró con los ojos abiertos.

―¿Puedo saber el motivo?

Ella lo pensó unos segundos, y finalmente dijo:

―Un vecino…realmente molesto.

Lars respondió sin tapujos:

―Me temo que no será posible. Tendrás que buscarte una excusa mejor, Harlem. Cambiarte de localización vendría haciendo un cambio mayor al protocolo y no puedo tomármelo a la ligera. Si sigues con esa excusa la única manera sería hablar con Caleb, y dudo que el vaya a permitirlo sin una excusa más…importante.

―He oído que están abriendo una sede en Múnich. Podría ser trasladada allí.

―De eso se encarga el señor Benzner. Además, tiene el equipo completo.

Harlem suspiró cansinamente, como dándose por vencida. En ese instante, Lars le insinuó sin pudor:

―Por otro lado, tiene las herramientas para hacerte cargo del problema ―En ese ínfimo segundo hizo contacto visual con ella―cuentas con mi aprobación, solo tienes que hacérmelo saber con anticipación.

Harlem respondió de inmediato:

―Oh, no. No es tan…molesto.

Se quedaron en silencio, Harlem pensando en su fallido intento por proteger a Tom, o quizás, de manera egoísta, de protegerse a sí misma. Se levantó y salió de la oficina, tomó su auto y se fue a la estación de policía, hoy trabajaría hasta tarde.

Aquel día aguardaba varias sorpresas, pero la más importante fue que al llegar, la estación parecía demasiado pendiente de la puerta. Cuando salió del elevador en el último piso, donde se encontraba su oficina, las miradas de todos allí se clavaron en ella, y al percatarse de que era solo Harlem, siguieron con sus trabajos. Iba a encaminarse a la oficina de Boyd, pero estaba cerrada, de modo que siguió el paso hasta la suya y cuando entró lo encontró saliendo de su baño. El mohín expresivo se formó al instante en que dejaba su gabardina guindando.

―¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?

Boyd solo sonrió.

―Te estaba esperando ―comentó con voz furtiva.

―¿Ah, sí?

―Sí, sí, ¿ya sabes lo del nuevo detective?

―Pues…no. Pero asumo que es por eso que todos están pendientes de la puerta.

―Sí, algo así ―dijo―. Dirk se ha vuelto loco buscándolo, es de los mejores de la ciudad. Lo contrató después del fiasco del caso de Ostrow, ya sabes.

―Oh ―fue lo único que salió de su boca, vago y sin interés.

―¿No te preocupa? ―preguntó extrañado Boyd.

―No veo porqué tanto alboroto.

―Vendría siendo un cambio mayor. Van a despedir a alguno de nosotros, ¿no te preocupa que sea yo? ―Boyd guiño un ojo, coqueto. Harlem solo sonrió―.Y bueno, dicen las malas lenguas que es muy estricto y que vendrá a poner orden, si sabes a qué me refiero.

Harlem seguía imperturbable.

―Bien, me parece interesante ―dijo finalmente.

Boyd no faltó con un comentario demasiado típico de él:

―¿Crees que esté bueno?

Harlem sonrió al tiempo que negaba con la cabeza y encendía su computador.

―Vaya Boyd, por un momento pensé que realmente te preocupaba ser despedido. Y respondiendo a tu pregunta, no lo sé.

―Pues yo creo que no ―dijo el rubio―. Imagino a un viejo amargado y gordo que vendrá a imponernos sus reglas.

Dirk apareció de la nada y asomó su cabeza pelirroja por la puerta de vidrio esmerilado.

―Joder, Pechner, no sé cuanto más tendré que decirte que permanezcas en tu oficina. Y baja tus pies del escritorio, este no es lugar para ponerse cómodo ―Boyd hizo caso de inmediato, mientras Dirk continuaba diciendo―: los quiero a ambos en la sala de juntas, en cinco minutos.

Cuando se marchó el silencio habló más de lo que las palabras podrían. Se intercambiaron miradas, Harlem apagó su computador y salió junto con Boyd rumbo a la sala. Al entrar se dieron cuenta de la presencia de la mayoría del personal allí, excepto de Dirk, quien parecía, por su voz extraviada, venía hablando con alguien nuevo mientras recorría los pasillos. Harlem supuso al instante que vendría con el nuevo detective.

Entró entonces por la puerta, se vislumbró el cabello negro azabache bien peinado hacia atrás. El encanto de sus ojos ligeramente rasgados, la mandíbula bien definida. Harlem podría jurar que escuchaba a Boyd suspirar mientras imaginaba como serían sus abdominales.

Vaya, quizás había sido la única que había podido mantener la compostura cuando el olor de su colonia inundó la habitación. Nunca había visto un hombre con tal magnetismo, y conforme la mirada oscura de él se pasaba por todos los presentes en la habitación, y se devolvía una vez más a los ojos de Harlem, sintió una punzada en su pecho. Dirk habló casi de inmediato:

―Bien, como todos ya sospechaban, el señor a mi derecha es Adrien Volker, el nuevo detective. Son muchos años de experiencia en el campo, y basándonos en el pésimo trabajo que han hecho en los últimos meses, me vi en la obligación de contratarlo. Como sabrán, esto conllevara al despido de uno de ustedes, así que… hagan un buen trabajo, o sus traseros estarán fuera de aquí en menos de una semana. Pueden volver a trabajar.

»Volker, acompáñeme a su nueva oficina.

Boyd y Harlem tomaron sus respectivos caminos a las oficinas, no sería bueno comentar hasta más tarde.



―•―



Faltaban pocos minutos para las seis, ya casi su labor de ese día tendría fin. Se levantó entonces, apagó su computadora, botó en el basurero el vaso desechable de café, apagó la luz y cerró las puertas de su oficina. Apenas terminaba de ponerse la gabardina, cuando se adentró a la oficina de Boyd y dijo en voz alta:

―Boyd, debo irme ya, ¿necesitas un aventón?

No había visto al frente, venía buscando unas cosas en su bolso. Cuando alzó la mirada los ojos negros de Adrien se le clavaron en la mirada como las garras de un tigre a su presa.

―Boyd ya no está más aquí ―dijo él con voz ronca.

―Oh, yo…no lo sabía ―Y de pronto cayó en cuenta de lo que aquello podía significar―. ¿Sabes si…fue despedido?

―No, solo fue transferido ―respondió el pelinegro, Harlem pudo jurar que se le había dibujado una sonrisa―, creo que está a dos oficinas de aquí.

―Oh ―un sonido limpio, sin mucho preámbulo. Miró rápidamente por toda la oficina, hasta que su mirada volvió a caer bajo los ojos de él―. Lamento haber interrumpido, será mejor que me vaya.

Él asintió suavemente, mientras ella se volteaba y daba un par de pasos fuera de la oficina.

―O…oye…―salió de la boca de Adrien, dudoso. Harlem se volteó despacio y le miró con el signo de pregunta dibujado en la frente―. Me estaba preguntando, si, uh,... ¿estás libre esta noche?

Harlem se perdió por un momento. Pensó en que Adrien era increíblemente atractivo, pero no representaba ningún tipo de reto para ella. Y había algo en los hombres excesivamente lanzados que la hacía perder todo atisbo de interés.

Pero de nuevo, allí estaba él, con su pretencioso traje Armani esperando que un sí saliera de los labios de la rubia, y lo cierto era que...

―Sí, tengo libre esta noche.

Podría ser la mejor excusa para librarse de Tom, y no solo se refería a su constante presencia en todo lugar, sino a que cuando no aparecía súbitamente, ella lo pensaba casi demasiado para su gusto.

―Soy nuevo en la ciudad, ¿tal vez podríamos ir a tomar un café y conocernos un poco? No conozco a nadie aquí realmente…

Harlem sonrió.

―Suena bien.

―Es una cita, entonces ―dijo con repentina seguridad, y sus ojos le causaron un efímero desosiego―. Solo necesito acomodar un par de cosas y podemos irnos.

―Esperaré en el estacionamiento ―le hizo saber, y salió de la oficina rumbo a su búsqueda por Boyd. Se lo encontró cerca de los baños.

―¿Nos vamos? ―preguntó el rubio.

―Oh, acerca de eso ―sacó sus llaves y se las extendió―, puedes llevarte mi auto, tengo una especie de cita con Adrien.

La sonrisa maliciosa de Boyd no tardó en formarse y expresó en voz increíblemente afeminada:

―Joder, ¡pero estás que ardes!

Harlem se echó una carcajada, y ambos se encaminaron al elevador. En el trayecto hacia el estacionamiento subterráneo, Boyd no dudó en preguntarle todo acerca de la cita, tan dramático como siempre, le extendió un condón que tenía guardado en su bolsillo trasero, justo en el momento en que la conserje de sesenta años abordaba el elevador en el tercer piso. La mirada de la señora de cabellos grises fue simplemente épica.

―No utilizaré esto por dos simples razones; la primera, no voy a acostarme con él, y la segunda, viene de tu bolsillo trasero.

―No está de más ir preparada ―insistió Boyd, Harlem tomó el condón y lo guardó en el bolsillo de su gabardina sin muchas ganas.

―Pasa por mi casa mañana, te espero a las seis treinta para evitar el tráfico ―Las puertas del elevador se abrieron, y ambos salieron, Boyd se encaminó al auto de Harlem, mientras ella trataba de adivinar cuál de todos los autos que habían allí estacionados pertenecía a Adrien. Cuando no hubo más personas en el estacionamiento, sintió un escalofrío azotándola. Como si la calma anunciase que algo malo iba a suceder, pero no quería intranquilizarse.

Se vio irremediablemente perturbada cuando el celular le vibró en el bolsillo trasero de su pantalón. Lo sacó y leyó el mensaje de texto:

“Tenemos que hablar”

Solo suspiró profundo, y esperó con todas sus fuerzas, no fuese sobre lo que sospechaba.

Llegaré a casa a las nueve” respondió, al finalizar, la mano de Adrien se posó sobre su hombro, sin darse cuenta.

―¿Nos vamos? ―preguntó.

Al subirse al auto, el corazón le daba brincos. Había tráfico, por lo que en cada semáforo Adrien sacaba algún tema de conversación banal y ella le seguía la corriente. Conversaron sobre el trabajo, y como nunca había tenido una relación duradera a causa de ello. Adrien decía que necesitaba una chica que trabajase en lo mismo que él para que entendiese su pasión por el trabajo y su falta de tiempo para otras actividades a causa de lo mismo. Entonces se dio cuenta de que aquello sonaba demasiado desesperado y disipó el tema con una sonrisa nerviosa.

―Vaya, creo que te he asustado.

Harlem salió de su ensimismamiento.

―Uh, ¿por qué lo dices?

―Te has quedado callada de repente. Si es por lo que dije sobre tener una novia que trabaje conmigo, era solo un comentario, no era mi intención sonar algo…desesperado.

Harlem solo sonrió de lado.

―Descuida, no es nada de eso ―dijo con tranquilidad―, solo estoy algo preocupada por…unas cosas.

―Entonces será mejor cambiar ese café por unos tragos, ¿no te parece?

Harlem sintió el impulso de decir que sí, pero corría el riesgo de pasarse de tragos y cometer una estupidez, como usar el condón de Boyd.

―El café está bien para mí ―respondió. Adrien le dedicó media sonrisa y tomó una curva, mientras ella se perdía en las gotas de lluvia que se arrastraban en la ventana.

Llegaron entonces a un café en el centro, cruzaron la calle después de caminar un poco por la vereda, y se acercaron al techo para evitar las mínimas gotas de lluvia que caían al atardecer. Adrien, como cualquier otro caballero, abrió la puerta y le concedió el paso a Harlem. Pero ella se quedó petrificada en medio de la entrada y se volteó apenas pudo.

―¿Sucede algo?

―He cambiado de parecer ―le hizo saber―, tal vez sí necesite un par de tragos después de todo.

―¿Estás segura? ―preguntó él con una sonrisa divertida.

―Segura ―respondió ella, alejándose lo más posible de la imagen de Tom sentado en aquella mesa de la esquina, tomando café. Le traía ciertos recuerdos.

Se mantuvo callada todo el trayecto hacia el bar al que Adrien la llevaba. Se sentía demasiado perturbada, era como si no pudiese con Tom más. Era demasiado necio e impulsivo, y no podía soportarlo sin estallar en cualquier segundo.

Adrien le hablaba y ella respondía en monosílabos, pero al momento de llegar al bar, sabía que con algo de alcohol dentro se convertiría en una persona más amena. Y así lo fue, después de un par de cervezas, hablaba con él como si fuese un amigo de la infancia.

―Y entonces…cuéntame de ti. He estado parloteando sobre mí toda la noche, y no has dicho ni una sola cosa acerca de ti.

Harlem le dio un largo sorbo a su cerveza.

¿Qué le hablara de ella? Podía decirse que era algo hipócrita, trabajaba asesinando gente y su hobbie era esconder las pistas de sus atrocidades en la estación. Ah, y tenía un secreto, un secreto que podía estallar en cualquier momento y dejaría heridos por doquier, incluyendo a la persona que más quería. Pero no, estaba segura que él no quería escuchar eso, de modo que se mantuvo callada.

Sonaba de fondo un riff de guitarra pegajoso, debía ser Led Zeppelin, pensó…Black Dog, se dijo para sí misma, y se acercó a besarlo. Él le correspondió, y hasta cierto punto fue un beso aburrido. Estaba más consciente de la letra de la canción que de la lengua de Adrien paseándose sutilmente sobre su boca. Se sintió abrumada por un momento, así que detuvo el beso.

―Vaya, dato curioso ―dijo él―. Así que evades hablar de ti, besándome.

―Soy culpable ―respondió Harlem, sin miedo a reconocer que no quería darse a conocer.

―Bien por mí ―su voz sonó excitante, como si estuviese de acuerdo en el juego de ella―, o quizás podría tratar de conocerte más.

Esta vez fue él quien inició el beso. Se entendieron entonces, o al menos Adrien entendió, que ella no estaba para hablar o hacer amigos, que besarse durante el resto de la noche sería más productivo que tener citas y fingir que él se interesaba en ella cuando en realidad solo quería llevársela a la cama.

Harlem miró su reloj y le hizo saber a Adrien que debía irse. Al pelinegro le intimidó un poco la situación, por lo cual evitó insinuarle que quería llegar a más con ella esa misma noche. Entonces la dirigió a su auto y la llevo a su departamento, cuando iban a despedirse, Harlem se inclinó y de su bolsillo se salió el condón que Boyd le había obsequiado.

Al terminar de besarse, Adrien no pudo evitar ver lo que había caído cerca de su pierna.

―Vaya, esto es embarazoso.

Harlem se echó una risa, y ni siquiera lo pensaba así. Realmente Adrien no había causado ningún tipo de interés en ella, por lo que aunque la situación era algo vergonzosa, no se sentía realmente intimidada por él o lo que pudiese llegar a pensar.

―Hablaremos de esto cuando estemos en mejores condiciones.

Harlem asintió, reconociendo que no estaba del todo sobria. Se bajó del auto y se adentró al edificio, marcó el último nivel del elevador y esperó con música de fondo, mientras ascendía, con los tacones en la mano.

Cuando se adentró a su apartamento, no se asustó al encontrar en su sofá una cabellera rubia. Eran exactamente las nueve y quince minutos de la noche.

―Las cosas se complicaron ―dijo Brokelle, en el sofá.

―Lo sé, joder, lo sé…

Harlem se acercó al sofá y se dejó caer como una pluma, se encontraba exhausta.

―Tratamos de convencerlo de que no se mudara, pero fue imposible.

―Sabía que esto sucedería, maldita sea. Debí pedir el traslado a Múnich hace dos meses, probablemente me lo hubiesen dado.

―Esta fue tu idea, Camille. Debes encontrar una solución lo antes posible, o se dará cuenta.

La rubia le clavó los ojos con fiereza.

―Te he dicho mil veces que no me llames así ―Subió la mano a su cabeza, la peluca rubia yacía ahora en el sofá, mientras su cabello rojo y trenzado encontraba la libertad que no había tenido desde que se había colocado el cabello falso en la mañana.

Brokelle sonrió.

―No me acostumbro a llamarte Harlem ―dijo.

―Pues tendrás que hacerlo ―replicó―, por el bien de todos, Camille está muerta.



Volcano-Damien Rice

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5 Response to Capítulo 55 «El sabor de tus mentiras»

28 de junio de 2012, 21:54

Aaaaaahhhhh!!! Lo presentía!!!!! Pero cómo aquel pedazo de ... no se ha dado cuenta???? Se quedó eternamente enamorado de Camille que está ciego???? No! No!

Berrÿ, eres mi ídola! Mil, mil gracias por continuarla!

Lia Luna.

1 de julio de 2012, 18:44

Hola Berry, quiero que sepas que nunca había comentado ni me había hecho miembro del blog, no lo creí necesario para cuando leí las 2 temporadas que estaban completas en ese momento (el año pasado). Quedé de verdad algo inconforme con la muerte de Camille, y saber que ella sigue viva en este capítulo ha hecho que quiera entrar y contasrte que es una historia fascinante desde el principio y que mi rabia hacía la historia por la muerte de ella, fue solo un capricho tonto que no le quita mérito a lo excelente escritora que eres. La finalidad de comentarte después de leer este capítulo es solo para animarte a que continúes, esperando colaborar aunque sea un poco en eso.

Shell
22 de julio de 2012, 16:44

Uff ya se me había olvidado la sensación después de leer un capi de esos!! Simplemente genial :)
Harlem si es una perra!

Anónimo
29 de agosto de 2012, 11:56

me encanta tu fic continuala pronto :)

the flacks
30 de noviembre de 2012, 00:03

ok...he quedado petrificada!..osea...camille!, ya se me hacia raro que tenga esa debilidad por tom, y que se paresca camille, pero es que era camille!!!!!. diosssssss, no lo puedo creer, no murio?. pero...en verdad esta dificil esto, tom se va molestar si se entera que en verdad no murio y se esta escondiendo de el. me ha fascinado este capi!!!!