Capítulo 37 «Piezas caídas»

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          Un silencio sepulcral inundó la habitación en la que Tom, Bill y su padrastro Gordon, yacían. A ambos gemelos la noticia les cayó como un balde de agua, sin embargo, el más afectado, notablemente, era el mayor de los Kaulitz, quién permanecía con la mirada ida y el rostro en la negación. No se dignaban a hablar, ninguno de ellos, Gordon se sentía avergonzado por haberles mentido tanto tiempo, Bill estaba en una especie de shock, y Tom simplemente trataba de asimilar la información que estaba recibiendo.

         — Debes…estar bromeando. — finalmente habló, Tom.

         — Desearía que así fuese. — replicó. — Pero a decir verdad… es real.

         — Pero es imposible, ¿cómo… cómo va a ser tu hija? — esta vez fue Bill quién preguntó.

         — Sé que es difícil de comprender, y tienen todo el derecho a no creerme, o a reclamarme, pero antes necesito que escuchen mi versión de la historia.

         Bill y Tom compartieron una mirada, para después clavar los dos pares de ojos avellana en Gordon.

         — Habla. — pidieron, al unísono. Gordon tomó una gran bocanada de aire, algo le decía que la iba a necesitar.



         Diciembre de 1989, Berlín.






         Caleb era un hombre tan precavido y desconfiado que hacía a su esposa enloquecer. Sophia odiaba tener que pedirle permiso para dar hasta el más mínimo movimiento, y aunque estaba consciente de que era esposa de un hombre sumamente peligroso y con muchos enemigos, le parecía el colmo que no pudiese conocer a los amigos de Caleb.


         Claro que conocía a Paul y a Patrick, pero había un nuevo socio del que Caleb no paraba de hablar, aparentemente se llevaban muy bien, aunque el tal Gordon vivía en Hamburgo y hasta ahora se mudaría para Berlín. Sabía de su existencia desde hacía tres años, y hasta ahora lo conocería.


         No podía negar que al pasar de las casas la ansiedad se volvía más notoria. No sabía si esperar a un mafioso de esos temidos y antipáticos, o realmente una persona agradable. Se dijo a sí misma que debía dejar de preocuparse, no era como si ese hombre fuese la gran cosa, en realidad sólo era un nuevo socio de Caleb, y bueno, últimamente salían mucho y Caleb lo consideraba su “hermano”. Sophia no entendía las relaciones masculinas, pero si a su esposo le hacía feliz, ella también lo estaba.


         El puño de Caleb dio un par de golpes a la puerta de una gran mansión estilo colonial, y un par de minutos después Gordon abría la puerta con una sonrisa jovial plasmada en los labios. Al verlo se sintió ligeramente intimidada, él clavó sus ojos con tal intensidad en ella que tuvo que esquivar su mirada. Tenían un color negro profundo, al igual que su cabello, los ojos ligeramente rasgados y barba abundante. Aún cuando Caleb se acercó para abrazarlo y darle un par de palmadas a su espalda, él continuaba mirándole con la misma intensidad.


         — Gordon, esta es mi esposa, Sophia. — Caleb los presentó, ella estiró la mano apenas para que él la tomase.


         — No exagerabas cuando decías que era preciosa. — dijo Gordon.


         — Ya lo ves, me he ganado la lotería con ella, ¿no? — Los dos se echaron una carcajada, Sophia más bien sonrió por compromiso.


         Verlo le causó algo que nunca hubiese imaginado. No quería mirarlo con tanta intensidad, pero aquellos ojos negros tenían algo que hacía que no pudiese quitarle la mirada. Era atractivo, ciertamente, y aunque la hizo sentir incontables cosas con solo mirarla, había una sensación –en particular-, que no podía descifrar. O al menos no quería hacerlo.


         Aquella tarde fue el inicio de algo inminente. Algo que aunque hubiesen podido evitarlo, el corazón no los hubiese dejado. El comienzo de una relación que rompía las reglas de un juego que no tendría más que consecuencias inexorablemente malas. Porque Sophia no sólo cometería el error de serle infiel a su esposo, sino que lo estaba haciendo con su mejor amigo.


         Caleb no sospechó nada, dentro de aquella relación de un par de meses, algo que hizo que la mentira tomase un tamaño incontrolablemente grande. Las cosas tomaron un rumbo que ni Gordon, ni la propia Sophia hubiesen imaginado. Después de tres meses de una relación apasionada e intensa, ambos enfrentaron las consecuencias de un destino que ellos mismos se habían forjado.






•••








         — No puedo creer lo que me estás diciendo. — Espetó Sarah, con mirada severa.


         — Lo amo.


         — Escucha, Soph, una cosa es tener una aventura en una borrachera, pero… ¿un amante? ¿un amante que es su mejor amigo?


         — Su mejor amigo es Paul. — objetó Sophia inútilmente. Sarah arqueó una ceja. — Vale, vale, se llevan bien… pero no pude evitarlo. Uno no elige de quién se enamora.


         — Pero uno puede controlarse. — replicó Sarah. — Es una locura, y lo sabes. ¿Cuánto llevas en esto?


         — Un par de meses…los mejores de mi vida. — Lo último lo dijo con una mirada risueña.


         — ¿Ya pensaste en lo que te hará Caleb cuando se entere? — preguntó.


         — Lo pienso todos los días. — respondió, ahora cabizbaja. — Pero Gordon me dijo que iba a protegerme, y yo le creo.


         — Eres muy ingenua. — murmuró más bien para sí misma. Sophia era su gemela, la persona más importante para ella, y le preocupaba las consecuencias que podría traer su amorío. Pero también sabía que aparte de ingenua era terca, y que al estar enamorada, haría lo que fuese para permanecer al lado de Gordon, aunque aquello le trajese consecuencias terribles.


         Sarah miró hacia la ventana. Era una tarde primaveral como cualquier otra, pero seguía sintiendo esa opresión en el pecho, algo que solía sucederle cada vez que se acercaba algo malo. Elevó su mano hasta el relicario que llevaba colgado del cuello, su hermana tenía uno igual, ambos eran de plata. Lo aprisionó con fuerza entre sus dedos, tras correr la cortina de su habitación, luego miró hacia su hermana nuevamente, yacía acostada en su cama. Vio algo en ella que no le gustó para nada.


         — Soph…— le llamó, apenas le salió la voz.


         — ¿Mmm?


         — Dime que has subido de peso.


         — ¡Oye! — gritó ofendida la otra, al tiempo que se incorporaba.


         — O es eso… o…


         Sophia se miró el vientre.


         — ¡Ni siquiera lo digas!


         Sarah guardó silencio, pero fue únicamente porque no era necesario decir algo que era más que evidente.






•••





         Le tomó la mano tan fuerte como pudo, hasta que la piel de su mano se tornó pálida e incolora. Temblaba, y Sarah podía sentirlo. Temblaba de un miedo inexorable, un miedo que la calaba y la recorría como la sangre por su cuerpo, el corazón le latía furioso, como si luchase por salirse de su pecho. Y ella preferiría mil veces que su corazón dejase de latir a que latiese con esa intensidad.


         El médico entró por la puerta, con los resultados de los exámenes en las manos. No podía descifrar nada viéndole el rostro, y además era un hombre demasiado serio. Tampoco era como si le diese importancia a si ella estaba embarazada o no, probablemente solía dar miles de respuestas a esa incógnita y esta no tenía nada de especial o diferente. Claro que el no sabía la historia de ella, y no sabía que darle como respuesta un “sí” no le traería felicidad, sino todo lo contrario. Tampoco sabría que con aquella respuesta traería una pregunta sumamente difícil de responder; y es que si Sophia resultaba embarazada, saber quién era el padre de ese bebé sería una verdadera faena.


         — ¿Y…? ¿Estoy…?


         El médico le miró sin mucho interés, después de pasear la mirada por el documento.


         — Felicitaciones, Sra. Novek, está usted esperando un hijo.


         Aquello lo había dicho con cierto desinterés, pero Sophia no le dio mayor importancia. En ese momento estaba más preocupada por otros asuntos que por el interés de un médico por su hijo. Ahora debía plantearse a sí misma como debía averiguar quién era el padre del niño que esperaba, y aquello no sería nada fácil.


         Esa misma tarde, después de muchas horas de llorarle a su hermana mayor por un error que ella había cometido, se dispuso a ir a buscar a Gordon y contarle lo sucedido. No sabía de dónde sacaría valor para decirle que esperaba un hijo y que no era de él, pero debía hacerlo. Gordon la recibió con un beso, como todos los días, estaba particularmente feliz. Le ofreció algo de tomar, —vino, específicamente— ella se negó tras echarle un rápido vistazo al vientre. Ya no estaba alimentándose por ella misma, sino por dos.


         — Cariño, necesitamos hablar.


         Gordon se volteó de lo que estaba haciendo, para mirarla. Se veía demasiado seria, y hasta algo afectada, como si hubiese sucedido algo malo.


         — ¿Está todo bien?


         Sophia apenas asintió.


         — Es sólo… necesitas saber algo.


         Gordon se sentó a su lado, en el sofá. Ella se retorció las manos, nerviosa, mientras la mirada de él se clavaba en ella, expectante a que comenzase a hablar. Y ella no era una mujer de rodeos, o al menos intentaba no serlo. Se dijo a sí mismo que sería más fácil si solo lo decía y ya; de modo que procuró hacerlo así:


         — Estoy embarazada.


         Gordon tardó un par de segundos en reaccionar, con los ojos más abiertos de lo normal, mirándola directamente a los ojos. Sophia recordó el primer día en el que lo conoció, de pronto sentía esa sensación pero ahora con más intensidad, ahora sentía que el pecho se le ahuecaba y el frío la recorría por dentro. Él se echó una risa, ella notó como la felicidad de pronto lo embargaba y no era capaz de liberarla, se sentía abrumado, y sólo te tomaba los cabellos mientras sonreía.


         — ¿Estás… estás embarazada? — repitió, incrédulo. — ¡Estás embarazada! ¡Tendremos un hijo!


         Sophia quiso contradecirlo. Hacerle saber la verdad, aunque doliese, decirle que ese hijo podría ser tanto de él como de Caleb. Pero simplemente… no fue capaz de hacerlo. Y guardó silencio, y de ese silenció nació otra mentira donde ella era la protagonista.


         Cuando Gordon la tomó de la cintura y le dio vueltas en el aire, ella simplemente se limitó a llorar. Lágrimas que Gordon confundió con felicidad, pero que en realidad eran de impotencia pura. Porque ella sufría por mentirle a él, sufría por mentirle a Caleb, y sufría porque pronto le mentiría a su hijo. Cuando llegó a casa se encerró en su habitación, a la espera de Caleb para darle la misma noticia. Lo que más le dolió al decirle fue que a la primera persona que llamó para darle las buenas noticias, había sido a Gordon.




         — Joder. — fue lo que espetó Tom al escuchar lo último. — ¿Te llamó… a ti?

         — Éramos amigos, ya se veía venir. — respondió.

         — ¿Y entonces, cómo se enteró que Camille no era su hija?

         — No lo sabe. — dijo Gordon. Los gemelos abrieron los ojos como platos. — Aunque…sí se enteró de lo que tenía con Sophia.



         Gordon permaneció con el teléfono al oído, mientras hablaba con Sophia y esperaba a que ella empacase las pertenencias de Camille. Se sentía feliz ese día, aunque asustado. Sophia finalmente se había decidido a irse con él, escapar de Caleb, formar la familia que siempre habían querido. Ella estaba asustada, podía notarlo en su voz temblorosa, pero él prometió siempre cuidarla y protegerla, y lo haría costase lo que costase.


         Pero en un efímero momento ella dejó de hablarle, y él pudo escuchar la voz de Gordon al otro lado de la línea. El pánico lo recorrió con velocidad.


         — ¿Soph? ¿Estás bien? — Preguntó. Ella no respondió, y en lugar de eso escuchó un estruendo.


         — ¡Sophia, contesta! — rugió. — ¿¡Caleb!? ¡No le hagas daño! ¡Te juro que si le tocas un solo cabello te mato! — Pero entonces se dio cuenta que gritarle al teléfono no serviría de nada. Cortó la llamada, tomó su chaqueta y salió de allí tan rápido como pudo, rumbo a la casa de Sophia.


         Cuando llegó, Gordon se creyó la mentira, cuando los guardaespaldas de Caleb lo dejaron entrar sin problema alguno. Pero cuando llego a la entrada principal, dos de los hombres lo tomaron por los brazos, y aunque pataleando y maldiciendo, lo llevaron al interior de la casa, donde se encontraba Caleb.


         Cuando sus miradas se encontraron parecieron alzar llamas de fuego, dos miradas llenas de ira, de intensidad y de odio. Caleb se acercó con pasos lentos, pero amenazantes, lo tomó del cuello y le aprisionó la garganta con fuerza, sin darle oportunidad para que hablase.


         — Hijo de puta. — fue lo único que masculló, pausadamente, saboreando las palabras.


         — ¡La mataste! — gritó Gordon, apenas pudo.


         — Sí, lo hice.


         Verlo admitir su atrocidad de una manera tan despreocupada le causó una ira destructiva, y una sed de venganza.


         — ¿Cómo…? ¡¿Cómo pudiste!? — rugió, con los ojos llorosos.


         — ¿Qué cómo pude? — repitió, tranquilo, sereno. Esa tranquilidad que lo caracterizaba. — Lo hice porque era una puta manipuladora.


         — ¡No la llames así!


         — ¿Harás algo para impedirlo? — cuestionó. Se acercó, con sonrisa burlista, a su oído, y susurró continuamente: — Puta, una puta, puta…


         — ¡Cállate! — rugió, pataleando. — ¡No la vuelas a llamar así o te mato!


         — ¿Oh, de veras? ¿Vas a matarme? — Caleb le miró con cierta lástima. Allí, quién tenía la mayor desventaja, o en realidad, la única desventaja, era Gordon. Y aunque Caleb podía matarlo en ese preciso instante, no quiso hacerlo. — Lárgate. — murmuró. — Si te veo cerca de mi hija, te quemo vivo, ¿entendiste?


         Gordon no asimiló lo que escuchaba. Habría pensado que Caleb lo mataría en ese instante, de manera dolorosa y lenta, pero en lugar de eso simplemente le dijo que se fuera. Lo estaba dejando libre, con una amenaza, por supuesto, pero al fin y al cabo…libre.


         Lo miró por última vez, mientras los hombres de Caleb lo arrastraban hacia la salida. Sintió que el corazón se le oprimía, sabía que había sido un pésimo amigo, pero no pudo evitar enamorarse de ella… y ahora que lo pensaba, el amor de su vida estaba…muerto. El impacto del asfalto en su espalda lo hizo despertar de su ensimismamiento, apenas se levantó comenzó a correr lejos de allí, antes de que Caleb se arrepintiese.


         Pero prometió volver por algo que siempre iba a pertenecerle; su hija.





•••




         El agua cálida, echándole el cabello hacia atrás, mientras sus brazos, cuales remos, la impulsaban hacia adelante. Sus piernas pataleando, ayudándose a la labor de hacerla avanzar… no sabía cuanto tiempo había pasado desde que nadó por última vez, pero realmente lo extrañaba. Se detuvo cuando llegó al final, ya estaba cansada y necesitaba respirar. La piscina pertenecía a la casa de Caleb, bajo techo, y al estar en invierno, el agua guardaba cierta calidez. Se acercó a los escalones de la esquina, los subió y tomó la toalla que estaba pendiendo de la pared para secarse.

         Se adentró a los vestidores, el cabello le goteaba. Tomó su ropa y se cambió, después de ponerse el pantalón, sintió su celular vibrándole en el bolsillo derecho.

         — ¿Aló?

         — Cam, soy Sarah.

         — Oh… hola.

         — ¿Estás ocupada?

         — No realmente. — respondió, mientras introducía la llave en la puerta para asegurarla. — ¿Por qué?

         — Me preguntaba si querías venir… tengo algo que mostrarte.

         — ¿Sobre qué? — preguntó.

         — Es sobre tu madre… — respondió, y de inmediato notó como se mostraba reacia a la idea. — Sé que no te gusta hablar de ella pero…

         — No, no…está bien…

         — ¿En serio? ¿No te molesta?

         — Antes sí… ahora es diferente.

         — ¿Eso significa que vendrás?

         — Lo haré… estoy en la casa de Caleb, llegaré en unos minutos.

         — Bien, te espero.

Camille terminó la llamada y se adentró a su auto. Ya comenzaba a anochecer.

         Le daba cierto temor recordar más cosas sobre su madre, pero entendía que escapar de la realidad no era la solución. Cuando llegó a casa de Sarah esta la recibió como siempre, con una sonrisa, y ofreciéndole té. Camille aceptó, y se adentraron a la cocina para hablar y beber. La realidad era que Camille quería atrasar su encuentro con la realidad lo más pronto posible, de modo que hizo todo lo posible para alargar más sus temas de conversación, aunque en realidad no estuviese poniendo atención. Ya cuando iban terminándose sus tazas de té, Sarah cambió de tema súbitamente.

         — Quiero que sepas algo, Camille. — comenzó a decir. — Tu madre cometió muchos errores… errores que le costaron la vida. Pero ella te amaba, y siempre fuiste lo más importante para ella. Siempre lo serás.

         — ¿Está mal no recordarla? — preguntó.

         — En la vida no sólo está lo bueno y lo malo, Camille, así como no todo es blanco y negro. Que no la recuerdes es algo que ciertamente no es malo, pero tampoco es bueno. Es simplemente lo que es, y debes aceptarlo. Tal vez algún día la recuerdes.

         — ¿Y mientras tanto…?

         — Mientras tanto no te atormentes. No te presiones. Cada cosa tiene su tiempo, y aún no es tiempo de recordarla… probablemente nunca lo hagas, y es mejor que te vayas acostumbrando a la idea desde ahora.

         — Yo… quiero saber más de ella.

         — Lo sé, cariño. ¿Me acompañas a mi habitación?

         Camille asintió y se levantó.

         Al llegar a la habitación, Sarah sacó un cajón debajo de su cama. Allí tenía todo tipo de cosas sobre su hermana, fotos, cartas, hasta su peculiar fragancia en un pequeño frasco de vidrio. Camille sentía que un cosquilleo la recorría de pies a cabeza, pero a diferencia de las otras veces que Sarah le enseñaba alguna foto, esta vez no sentía miedo. Porque sabía que aunque no la recordase, estaba consciente de cuánto la amó, y de lo buena madre que fue. Sarah sacó una fotografía de Sophia cargando a Camille, estaba recién nacida. A Sarah se le cristalizaron los ojos, pero Camille simplemente sonrió con ternura.

         — Era preciosa. — murmuró.

         — Se parece mucho a ti. — le dijo Sarah. — Allí tenías dos meses… Sophia no quería tomarse la foto porque decía que aún estaba gorda. — Las dos se echaron una risa. Mientras que a Sarah la comenzaban a abatir una serie de recuerdos.

         Continuó buscando en el cajón, Camille, y encontró un relicario de plata en forma de corazón… era hermoso, y deslumbrante. Lo puso entre sus dedos y lo miró detenidamente, después preguntó:

         — ¿Esto era de ella?

         — No,… es mío. — respondió Sarah. — Ambas teníamos uno, Sophia tenía una fotografía tuya en el de ella.

         — ¿Y tú, qué tenías? — preguntó Camille.

         — Ábrelo.

         Camille lo abrió y encontró una foto de ella. Sonrió porque no sabía qué más hacer o decir.

         — Yo… no le puse la fotografía hasta que ella murió. Nunca supe que ponerle, y entonces te convertiste en algo más especial que mi sobrina, y… no lo sé, un día encontré tu fotografía y la puse allí.

         — Es precioso…— murmuró. — ¿Dónde está el de Sophia?

         Sarah hizo memoria, pero no recordó nada. Finalmente sólo se encogió de hombros.

         — Cuando nos entregaron el cuerpo ya no tenía el relicario.

Camille no objetó nada más, y se quedó un par de segundos más admirando la joya.




•••




         Los chicos partieron después de escuchar la historia de Gordon. Ellos querían escuchar más, pero él de pronto se sentía abrumado. No se había dado cuenta de cuanto la extrañaba hasta que la recordó. Y sí, Gordon se había casado con Simone, y lo había amado con todas sus fuerzas. Y aunque pasó a tener una nueva familia, y un nuevo hogar, nunca iba a poder olvidar a su primer amor, y a su primera hija.

         Sintió un nudo en la garganta. Abrió la gaveta de su escritorio y removió un par de papeles, hasta encontrar un collar que estaba en el fondo, escondido. Se levanto con el collar en la mano y se acercó a la ventana, apartó la cortina y absorto en el paisaje, inevitablemente sus ojos comenzaron a cristalizarse. Mientras tanto, entre sus dedos, se revolvía el relicario de plata en forma de corazón. Lo abrió una vez más, para contemplar la fotografía que allí resguardaba.





Canción: Jason Walker- Down

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5 Response to Capítulo 37 «Piezas caídas»

26 de abril de 2011, 20:38

Auwn!!! (mezcla de letras con sonido dudoso xD)
Pero si estubomuy auwn! Pobre Caleb, todas las mierdas que le hizo sophia lo hicieron el hijo de puta que es ahora.
En realidad sophia fue una perra con todos, no puedo creer que no les dijera nada a ninguno de los dos, y ambos creyendo que es hija de ellos u.u pobres hombres.
En fin muy bueno, pobre Cam T.T
Y Bill y Tom como O.o jaja

Brenn.T
27 de abril de 2011, 17:41

Y Gordon solo queria protegerla :( ya esta, ahora la duda me invade, Gordon es papa biologico de los kaulitz? o padrastro? :S

27 de agosto de 2011, 12:39

Empiezo diciendo que soy una perra por haberme desaparecido, no leer y pues mucho menos comentar. Que merezco la muerte yo u.u
Me hacía tanta falta leer algo bueno. Había perdido la costumbre...
El capítulo me encantó, lleno de recuerdos y todo. Caleb es un hijo de puta! Y Gordon... maldita sea pobre hombre D: Perder al amor de su vida y encima a su hija u.u
No me entretengo más porque quiero leer el siguiente capi a ver si me alcanza el tiempo ahora.
Amo como escribes Sou <3 Te amo a ti :3

PS: Te extraño D:

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